Descubriendo el mal de altura en Bolivia

Lo normal en un viaje sé que es preparar cada movimiento y tener claras las conexiones y los sitios donde vas a pernoctar. No era nuestro caso. En Latinoamérica no existe mucha información en Internet sobre los transportes ni las conexiones, así que casi siempre tienes que ir un poco a salto de mata. Nosotros queríamos llegar a Bolivia como fuera, y la situación geográfica nos obligaba a ir por el norte de Argentina hasta Salta, ya que varias personas nos habían dicho que Santa Cruz (Bolivia), a donde hubiéramos llegado de haber ido por Paraguay, no valía la pena y era una ciudad normal. Yo hubiera elegido esa opción, pero tener que pasar por Paraguay nos hizo descartar Santa Cruz.

Preparados para salir de viaje

Así que nos montamos en un autobús cama (no confundir con el de 180 grados) durante 16 horas para llegar hasta Güemes, una localidad cercana a la provincia argentina de Salta, donde podríamos seguir subiendo hasta llegar a la frontera. Tras intentar con poco éxito ver las dos películas que pusieron en el bus, me di cuenta de que tuve un fallo garrafal en la preparación de mi mochila de mano. Me había dejado el estuche de lentillas en la mochila que iba en el maletero, así que tuve que tirarlas por el retrete para poder dormir. No habría pasado gran cosa, pero cuando llegamos a Güemes, a primera hora, me di cuenta que me había traído dos lentillas izquierdas en vez de una de cada ojo….un desastre, vamos. Más tarde me daría cuenta de que aún veía mejor con dos lentillas izquierdas que con las gafas. No salimos de la terminal de Güemes para nada, pero no parecía un sitio como para visitar. Pillamos enseguida otro bus para La Quiaca, localidad argentina fronteriza con Bolivia. Cuanto más avanzáramos, mejor.

Foto hecha desde el autobus a La Quiaca

El mal de altura era algo de lo que nosotros habíamos hablado sin darle demasiada importancia. Pensábamos probar la hoja de coca, más por curiosidad que por necesidad, pero no esperábamos el efecto que la altura estaba a punto de provocar en nosotros. El autobús hizo una parada para almorzar en Tilcara (Jujuy) antes de llegar a La Quiaca. Ivonne empezó a sentirse mareada y con nauseas. Podría haber sido el típico mareo por las curvas, pero todo pintaba a que estaba siendo afectada por el mal de altura, y eso que aún no habíamos pasado de los 2.500 metros. El conductor le dio hoja de coca para mascar y se le pasó al rato. Yo aún no tenía ningún síntoma ni me había preocupado, pero verle quejarse me hizo pensar que a lo mejor no era ninguna tontería lo del mal de altura. Y no lo fue. Dos horas antes de llegar a La Quiaca me empezó a doler la cabeza, aunque no dije nada en el autobús por no alarmar más al personal, ya que Yaiza ya se había quejado de que le dolía la cabeza. El bofetón nada más bajar del colectivo fue impresionante. La presión se empezó a hacer insoportable. El esfuerzo de andar con las mochilas por La Quiaca hizo que me mareara y que tuviera dificultades para respirar. La llegada a la aduana argentina no hizo sino que empeorar las cosas. Intenté quedarme quieto y no hablar mucho a ver si se me pasaba, pero no dio mucho resultado. De hecho me sellaron el pasaporte mientras echaba por la boca todo lo que tenía en el estómago. Experimenté por primera vez lo que es el mal de altura, y puedo dar fe que es una sensación horrible. Lo bueno es que después de la evacuación se me pasó poco a poco.

En la cola para salir de Argentina

Villazón es la ciudad boliviana fronteriza con Argentina, a la que llegamos andando desde La Quiaca. No tenemos muy buen recuerdo de ese sitio, supongo que por culpa de la altura y del cansancio. Además eran 5 calles y una plaza central. El caso es que a la vuelta no volveríamos a pasar por ahí. Buscamos hostal para pasar la noche, pero ni a Yaiza ni a su hermana les convenció lo que vieron, a Alberto y a mí nos daba más igual. La verdad es que Villazón no parecía un sitio como para quedarse. Por unos altavoces las autoridades alertaban del peligro de no vigilar lo que uno se tomaba y de cuidar las pertenencias, y el boliviano al que pregunté por un cajero me preguntó cuál era mi número secreto, yo le respondí si me había visto cara de tonto, a lo que se rio sin más, pero supongo que sí. Dio igual de todas formas porque el cajero no me dejó sacar. Cuando volví mis tres compañeros de viaje habían decidido seguir avanzando hasta Tupiza, siguiendo el consejo de un taxista, a poco más de una hora de distancia. Así que ‘tira millas’. El camino por el que nos llevó el remix era de cabras, literalmente hablando, así que dimos unos cuantos botes. Yaiza tuvo un viaje bastante jodido, a ella no se le pasó el mal de altura como a mí y además el olor a la hoja de coca le provocaba más nauseas aún. Durante todo el trayecto llevamos una niña pequeña en el maletero que debía ser la hija del conductor. Todo valía en Bolivia.

En Tupiza

Tupiza es una ciudad turística algo más grande que Villazón, y allí encontramos un hostal internacional donde empezamos a experimentar lo que es el agua caliente para la gente boliviana. Desde luego no era lo que nosotros entendíamos por caliente. Pero las habitaciones no estaban mal. Al menos pudimos descansar de un largo viaje que había empezado a las 4 de la tarde del día anterior. Como la misma ciudad no tenía nada para ver decidimos hacer una excursión programada al día siguiente. Sé que sonará raro, pero la llegada a Bolivia tuvo un efecto extraño en mi pelo. Supongo que fue culpa del clima tan seco el que mi pelo se quedara chafado como si hubiera llevado puesto un casco de albañil todo el día. Era una putada, hablando mal, pero contra la naturaleza no se puede luchar. Un guía nos llevó en jeep por los alrededores de Tupiza, donde vimos básicamente cañones y montañas, muy bonitas y espectaculares, eso sí. Comimos en una zona desértica con montañas enormes delante, y probamos el tamal, una comida típica boliviana en forma de higo chumbo que está hecho de charque (una carne que comen mucho allí) y que picaba un poco. A nosotros no nos hizo mucha gracia y Yaiza incluso se deshizo de él de forma disimulada. Ángel, nuestro guía, nos lo ofreció con mucha ilusión, tampoco era plan de hacerle un feo, así que me comí dos. Luego nos subió hasta los 3.700 metros, donde podías sentirte muy alto y hacer fotos realmente bonitas. No creo que esté relacionado, o sí, no lo sé, pero cuanto más alto estás más libre te sientes, y en ese momento me sentí muy libre.  

Comiendo tamales con nuestro guía Angel

En la arena se puede leer la palabra 'mochileros'

 

Tampoco había mucho más que ver en Tupiza, así que al día siguiente partimos hacia Uyuni, nuestro siguiente destino. Ivonne amaneció enferma, con dolor de estómago y angustia. Y con muy pocas ganas de subirse en un autobús.  Y eso que aún no sabía la que se le venía encima. Normalmente, cuando ves el autobús en el que te vas montar, te haces una idea de cómo va ser tu viaje, y nosotros nos dimos cuenta que iba a ser largo. Y también que nuestras mochilas iban a pillar mucha tierra. El conductor estaba arriba del autobús colocándolas. Nos garantizó que si se lo pedíamos pararía en un lado del camino, porque Ivonne no se encontraba muy católica y no había baño, algo que iba a ser habitual en Bolivia. Así que como no había otra opción, todos para arriba. Desde luego fue el peor autobús que tuvimos en el viaje. Pero aún teníamos que dar gracias, había gente de pie en el pasillo, nosotros íbamos sentados. En cada parada que hacía el autobús se subían cholitas a vender comida y te aplastaban un poco. Las cholitas son mujeres típicas de Bolivia, generalmente muy gordas y ataviadas con ropas que les hacen abultar mucho más aún. Llevan una especie de falda con volantes, también llamada pollera, unos cuantos mantones con flecos de colores, y un bombín muy elegante. Muchas llevan flores en el pelo, que lo llevan recogido en trenzas, y suelen llevar cargadas a su espalda a sus críos pequeños envueltos en otro mantón que llevan enganchado. Había varias de ellas sentadas también en el pasillo. A nosotros nos ha extrañado durante todo el viaje la facilidad que tienen los conductores para llenar a tope los autobuses. Hay un overbooking permanente. Hay un vídeo muy bueno donde se me ve enfadado con las cholitas por aplastarme y golpearme con el trasero. Que conste que no tengo nada contra ellas. Pero reconozco que es un buen vídeo. Nos reímos mucho después cuando lo vimos.

Haciendo el tonto en Tupiza

 A 3.700 metros de altura

El autobús iba a través de las montañas, y lo que debería haber sido un viaje de 5 horas, acabó siendo de 7. Paramos a mitad de camino en un sitio que se llamaba Atocha, un poblado de chabolas situadas en lo alto de la montaña. Allí no había terminal, sino un descampado donde no había ni baño, así que tuvimos que vaciar la vejiga al aire libre. Pero aproveché para comprar unas ‘salchipapas’ (salchichas con papas) con kétchup riquísimas. El sitio no daba mucha confianza higiénicamente hablando, pero tenía demasiada hambre. Pasamos de ir por caminos estrechos con barrancos a ir por un desierto de arena con un paisaje lunar y un viento brutal, donde cada poco veíamos hombres tapados hasta arriba  y encapuchados que supongo que se encargarían del mantenimiento de las ‘carreteras’. Me recordaban a astronautas durante su paseo lunar. Y lo que no pensábamos que nos pasaría, nos pasó. El autobús se quedó atascado en una duna y nos tocó bajar a empujar junto con un grupo de argentinos que también iban de mochileros y un par de chicos más. El viento provocaba algo muy parecido a una tormenta de arena, que se te metía por todos lados, y a eso había que sumarle el tubo de escape, que expulsaba un aire negro directo hacia nuestras caras. Así que apenas podíamos abrir los ojos. Tras varios intentos logramos sacar el autobús. Un jeep que se paró a ayudarnos se quedó también cubierto de arena y tuvimos que ayudar a sacarlo. Yaiza e Ivonne se encargaron de grabar en vídeo la experiencia, de lo cual me arrepentiría a los pocos días cuando mi cámara de fotos se rompiera. Nunca saquéis la cámara durante una tormenta de arena.

Autobus que nos llevó de Tupiza a Uyuni

Desierto por el que íba el autobús hasta Uyuni

Llegamos a Uyuni contra todo pronóstico. Nos sentíamos realmente cansados, y a mí por lo menos la arena me hacía sentir bastante incómodo. No solo debía llevar un kilo de ella en el pelo, sino que la podía notar muy crujiente en los dientes. Así que después de concertar la excursión para el día siguiente al salar más grande del mundo, buscamos rápido un hostal donde darnos una ducha caliente, porque hacía un frio polar. Ni siquiera quise preguntar la temperatura, pero estaba claro que había llegado el momento de estrenar mis pololos. En el hostal al que fuimos Alberto y yo nos dijeron que el agua caliente se cerraba a las 18.00, y nosotros habíamos llegado a Uyuni pasadas las 17.30… Daba igual, llevábamos tanta mierda que estábamos dispuestos a una ducha helada a pesar del frio que hacía. Hacia tanto frio que no podía dejar de temblar. Menos mal que una mujer del hostal nos hizo el favor, y sin que se enterara la jefa nos encendió el agua caliente. Luego nos dimos cuenta que habríamos muerto congelados si nos hubiéramos duchado con agua fría. Nos acostamos pronto esa noche, como siempre, pero creo que esa vez incluso antes de lo normal. No serían ni las 22.00 horas. El día siguiente iba a ser duro y teníamos que madrugar mucho. Lo normal era que tardáramos dos minutos en dormirnos, pero recuerdo de esa noche antes de dormir las carcajadas de Alberto al ver el vídeo del autobús a Uyuni en el que me quejo de las cholitas vendedoras. Hago un poco el ridículo, es verdad, pero es que como Alberto se marea en los autobuses me tocó ir en el pasillo en todos los viajes, y claro… no es tan cómodo.

Alberto y yo empujando el autobús junto con más pasajeros

 
 
 
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5 comentarios

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5 Respuestas a “Descubriendo el mal de altura en Bolivia

  1. Manu

    espectacular!! maravilloso!! fantastico!!! Increible!!…
    me quedo sin calificativos para todo lo que estas viviendo.
    tienes fotos muy chulas y seguro que los momentos que estas viviendo son inolvidables 😉
    un abrazo desde Alicante
    un fan de tu blog jejeje

  2. ANA BELÉN

    Alberto se suma una fan mas del bloc(Ana B. tu prima), me encanta saber que os lo estais pasando genial, os envidioooooooooooo….un besote desde el Sur…

  3. Marina

    jajajaaj me encantan los dos vídeos. Es tan irreal!!!! Si me lo cuentan no lo podría creer. jajajaja Disfrutar al máximo de todas estas experiencias, que son únicas. Un besazo enorme

  4. mari carmen

    me he puesto a leer el artículo y me tenía superentretenida el relato, me lo he mandado a casa para seguir leyéndolo. Y me reitero en lo de que viaje tan chulo…., yo quieroooooooo.
    Lo del mal de altura existe, yo subí a Monte perdido en Ordesa, que está a unos 3000m, y por la noche en el refugio qeu sólo está a unos 2.200, me puse malita, te aseguro que me desperté a las 2 o 3 de la mañana de carreras a un aseo que estaba fuera del refugio, lo bueno es que al rato se me pasó y pude disfrutar de una de las visiones más bonitas de mi vida, desde allí arriba se veía todo el valle de Ordesa con su forma en V bajo la luz de la luna, superpreciosísimo, así qeu me recuperé y lo disfruté yo sola allí en medio de la montaña, que hasta agradecí el haberme despertado con malestar, pues mereció la pena.
    Esas experiencias van a acompañar a tu hijo toda su vida, y no las va a olvidar, te llenan en todos los aspectos.

    Muchos besos y seguiré leyendo en casa. Por cierto, el chico que escribe para mi que lo hace muy bien, es muy ameno y te lleva por el texto sin darte cuenta de que el tiempo pasa.

    Besos
    Es el mensaje de una compañera que te sigue ¡ Animo !

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