El cielo y la tierra se unen en el Salar de Uyuni

El despertar en Uyuni fue de lo más “agradable”, irónicamente hablando. No recuerdo haber pasado un frío igual en ningún otro lugar de la Tierra en los que he estado. La nariz me sangró por la mañana como casi todos los días que estuve en Bolivia, pero ese día incluso un poco más, y para colmo no había agua, según nos dijeron, por congelación de las cañerías. Y la verdad, no me extrañaba nada. Así que tuve que usar la botella de agua que teníamos para lavarme. El día anterior habíamos concertado la excursión al salar de Uyuni, del que teníamos grandes expectativas. Se trata de una extensión enorme de sal, tanto que necesitas un jeep para recorrerlo de punta a punta, y no solo tiene sal, sino que hay más cosas interesantes, como islas, volcanes o lagos. Nos supo bastante mal no poder hacer el recorrido entero que se hace normalmente. No pudimos ver ni la laguna colorada ni la laguna verde por culpa de la nieve, y debían ser tremendamente bonitas, pero por lo menos íbamos a pasar un par de días en uno de los sitios, para mí, más sorprendentes y únicos del planeta.

La agencia de turismo que contratamos preparó grupos de seis personas, cada uno con su guía y con su jeep. Así que además de nosotros cuatro, los de siempre, íbamos con dos hermanos españoles más que acabarían marcando nuestro viaje, pero para bien. Javier era de Madrid, aunque llevaba mucho tiempo viviendo en Barcelona, y Luismi era de Pamplona, pero vivía en Madrid. Venían de La Paz, que por cierto era nuestro siguiente destino, y llevaban unos cuantos días en Lationamérica. Habían visto ya el Machu Picchu, estaban haciendo el viaje en sentido inverso al nuestro y nos habíamos encontrado en Uyuni. Eran dos mochileros que por su edad podrían haber sido nuestros padres o nuestros tíos. Creo recordar que Luismi tenía 54 años y Javier 4 menos que él. Pero la verdad es que no aparentaban en absoluto su edad. Daban la impresión de llevar ya unos cuantos viajes a la espalda, y así era. Javier, por ejemplo, aprovechaba cada vez que su trabajo de topógrafo se lo permitía para venir a Bolivia. Era la tercera vez que visitaba el país, y nos reconoció que pensaba volver una cuarta. Luismi era enfermero en un hospital de Madrid, que también se escapaba cada vez que podía, aunque él era la primera vez que venía a Bolivia. Sin duda tuvimos mucha suerte de cruzarnos con ellos. Resultaron ser dos tipos geniales que nos ayudaron muchísimo y con los que acabaríamos yendo a visitar La Paz. Digo que tuvimos suerte porque el destino podría haber hecho que nos cruzáramos con cualquiera, y sin embargo la diferencia de edad no impidió que se generase un gran ‘rollo’ entre los 6. Tuvimos unas conversaciones de lo más entretenidas.

Nuestro guía se llamaba Wilder. Para ser sinceros nunca nos quedó a ninguno muy claro si se llamaba Wilder o Wilner. Y eso que se lo preguntamos unas cuantas veces. En nuestro jeep también iba una mujer que se encargaba de cocinar, y que rara vez abría la boca. Se reía mucho, eso sí. Nosotros intentábamos darle conversación. Luego nos acabaríamos enterando que Wilder y ella eran algo más que compañeros de trabajo. En un momento de la excursión, mientras cruzábamos el salar y hablábamos de cualquier cosa, a Yaiza se le ocurrió preguntarles, sin paños calientes, si eran marido y mujer. Nadie más que ella había caído. La verdad es que lo disimulaban muy bien. El caso es que se la jugó preguntando.

Salar de Uyuni. El cielo se refleja en el suelo

Salar de Uyuni

 

Para abrir boca nos llevaron a ver el proceso de producción de la sal. Un niño de 12 años llenó una bolsita con la sal de uno de los montones que había en el suelo y la selló con el fuego de un soplete. Tras la demostración nos adentramos en el salar propiamente dicho y tuvimos tiempo para hacernos unas fotos y contemplar el paisaje. La verdad es que se trata de un sitio sorprendente. Mejor que explicarlo es ver las fotos, pero lo puedo intentar. Se trata de un fenómeno producido al parecer por la evaporación de lo que algún día fue un lago enorme, el lago Tauca. Está situado a 3.600 metros de altura y contiene unas 10.000 millones de toneladas de sal. El salar está cubierto por una fina capa de agua que hace que tengas que tener cuidado para no resbalarte. El reflejo de las montañas y las nubes en ella hace difícil distinguir el cielo de la tierra. El sol pegaba con fuerza, aplacando un poco el frío, y sus rayos lo hacían todo aún más bonito. Nunca vi nada parecido. Cualquiera que ve las fotos pregunta si es hielo o nieve. Nada que ver.

Alberto y Yaiza en el salar de Uyuni

Isla Incahuasi, en medio del salar de Uyuni

Todo el mundo sabe que los hermanos tienden a pelearse por las cosas más absurdas. Aunque luego hagan las paces con la misma facilidad. Mientras las dos parejas de hermanos discutían por el encuadre de las fotos, seguimos atravesando el salar hasta llegar a la isla Incahuasi, una isla de relieve escarpado llena de cactus gigantes, y que se suele confundir con la isla del Pescado, que está a unos cuantos kilómetros. Pero normal que se confunda si cuando en las agencias de turismo preguntas si vas a visitar la isla del Pescado y te dicen que “sí…” Luego te das cuenta que aquí no dicen que “no” nunca, no forma parte de su vocabulario. El caso es que durante todo el paseo por la isla creímos estar en la isla del Pescado. Horas más tarde descubriríamos que no fue así, pero da igual, porque el sitio estaba bastante bien. Antes de entrar en la isla hicimos un picnic al borde de ella. Probamos la carne de llama, realmente buena, y la quinoa, un cereal que parece arroz pero que está bastante seco. Desde lo más alto de la isla pudimos ver los volcanes, alguno de ellos semiactivos, a los que no podríamos llegar por el frio que hacía. Parece ser que es muy típico que los turistas se hagan fotos con perspectiva, de esas que se juega con el tamaño para que parezca que estás sosteniendo un bote de Pringles gigante. Así que nosotros no fuimos menos. La pena es que luego en el ordenador nos dimos cuenta que no se veían bien. El atardecer a eso de las seis y media teníamos que verlo obligado. Mientras íbamos en el jeep conseguimos que nuestro guía Wilder se arrancara a cantar algunos temas nacionales muy folklóricos.

Comiendo en la Isla Incahuasi con Javier y con Luismi

A punto de ser aplastados...

Yaiza con un cactus de la isla Incahuasi

 La noche la pasamos en un hotel de sal. Yo lo veía un poco raro pero se ve que sí que es posible. Pasamos una noche entretenida allí… Después de cenar echamos un chinchón con otra pareja de españoles, de Girona concretamente. Se nos hizo un poco tarde, nos quedamos los últimos en el salón y apenas podíamos ver las cartas gracias a las velas. Todas las luces estaban ya apagadas hace tiempo. Eso permitió que pudiéramos ver el cielo con más estrellas que nunca. Realmente impresionante. El cielo cubierto de puntos brillantes. Para dormir compartíamos habitación con dos chicas extranjeras que no tenían mucha idea de español, y la verdad es que no guardarán seguro muy buen recuerdo. Ivonne pasó una noche horrible, no durmió ni un solo minuto, y se levantó cada dos por tres para ir al baño… Yaiza estuvo pendiente de ella toda la noche, con lo que tampoco pudo pegar mucho ojo. Alberto y yo pudimos descansar algo más, aunque me desperté en numerosas ocasiones, una de ellas para comerme todas las galletas Oreo que tenía ante una ligera bajada de azúcar que se solucionó rápido. No sé si las dos extranjeras se enterarían mucho, pero esa noche tuvieron mala suerte de que les colocaran con nosotros.

Isla Incahuasi

 

Teníamos que levantarnos muy pronto, antes de las siete de la mañana si no recuerdo mal. No fue mucho problema, nadie estaba muy dormido. Ivonne tenía muy mala cara y no pensaba en otra cosa que en volver al hotel de Uyuni, y así se lo solicitaron a uno de los guías, uno que se encargaba de un grupo de ingleses y que siempre decía la misma frase cuando quería llamar la atención de su grupo: “Everybody let’s gooo……¡¡¡ Nos divertimos mucho imitándole cuando no nos veía. Éste guía le dijo a Ivonne que se olvidara de volver, que nadie le iba a llevar y que ya estaba acostumbrado a que algunos turistas se pusieran enfermos por el mal de altura u otras cuestiones… A Ivonne no le sentó bien la negativa. Afortunadamente, Luismi, que era enfermero y que ya estaba vestido y preparado hacía un rato, se acercó a nuestra habitación para examinar a nuestra compañera enferma y tranquilizarla un poco. Y vaya si lo consiguió. Un masaje estomacal y un discurso firme y convincente hizo que Ivonne se levantara, se vistiera y se pusiera en marcha con el resto del grupo. Hay que decir que la auténtica medicina en ese caso fue el humor. Ni más ni menos. Luismi era un hombre muy gracioso por su forma de hablar y muy auténtico. No podías hacer otra cosa que reírte. Las chicas decían que les recordaba a un tío suyo. A mí la verdad es que fisicamente me recordaba más a Juanito Oiarzabal, el alpinista vasco. Aunque creo que no se lo dije nunca. A lo mejor si veis las fotos estáis de acuerdo conmigo.

Atardecer en el salar de Uyuni

En el hotel de sal

El segundo día de la excursión fue más de relleno que otra cosa, pero fue un buen relleno de todas maneras. Vimos un lago congelado bastante hermoso y unas rocas bastante pintorescas en medio de un valle. De ese día lo que más recuerdo ahora son las conversaciones que tuvimos los seis en el trayecto de vuelta a Uyuni. Me parece mentira que personas de tan diferentes edades pudiéramos hablar de forma tan natural de todo lo que hablamos. Supongo que fue porque no nos conocíamos de nada. El caso es que nos reímos bastante. Había un rollo muy sano entre los seis. Antes de volver a Uyuni visitamos un cementerio de trenes que por supuesto Alberto disfrutó mucho (le encantan los trenes), y decidimos volver a La Paz ese mismo día en vez de hacer noche en Uyuni de nuevo. Como estábamos tan a gusto con Javier y con Luismi, viajamos en el mismo colectivo que ellos, que llegaría a las cinco de la mañana a La Paz. Ellos ya habían estado en esa ciudad y podrían enseñarnos sitios chulos durante los dos días que iban a permanecer en esa ciudad. El trayecto hasta La Paz fue también complicado. De las 10 horas que duraba el viaje, las primeras cinco las pasamos botando como si estuviéramos en una centrifugadora. Una sensación muy parecida a la de un avión con turbulencias. Al parecer el camino mejoraba a partir de Oruro, otra ciudad más al sur de la capital boliviana. Debió ser porque el cuerpo se acaba acostumbrando o porque simplemente no me di cuenta, pero yo, sinceramente, no distinguí entre una parte del camino y otra. Pero ese no fue el problema en realidad. Ivonne tuvo una segunda noche consecutiva movidita. Su cumpleaños iba a empezar a partir de las doce de la noche y le preparamos una pequeña sorpresa. Compramos dos velas rosas y se las pusimos en una pizza. Se la dimos nada más subir al autobús, delante del pasaje entero, y los seis le cantamos el cumpleaños feliz bien alto. Fuimos los únicos que cantamos. Hay que ver que gente tan sosa…. Ella había estado todo el día quejándose de que iba a pasar su cumpleaños metida en un autobús. Yo sin embargo pensaba en lo chulo que era cumplir años en un sitio perdido a miles de kilómetros de tu casa y en medio de un viaje como el que estábamos haciendo. Pero supongo que son formas distintas de verlo.

Celebrando el cumpleaños de Ivonne en el autobús

Ivonne había pasado un día bastante normal, saludablemente hablando. Luismo la había mantenido firme y sin “dar pedales” como él decía. Se refería metafóricamente a la sugestión que uno mismo se hace mentalmente en un determinado momento. La verdad es que Luismi debía ser buen enfermero, de esos que te gustaría que te tocasen si se da la ocasión. Digan lo que digan el humor es capaz de curar. Pero no dura todo el día, así que después de la breve celebración y en cuanto aquello se puso en marcha, la pobre Ivonne empezó a tener problemas estomacales y angustia. Luismi tuvo que intervenir de nuevo. El traqueteo del autobús no ayudaba nada. Recuerdo que nos reímos una barbaridad cuando la mujer que iba delante de Luismi reclinó su asiento y le echó por encima todos los espaguetis de la cena… Eso que te lo cuenten, tiene su gracia, pero verlo en directo, como lo vimos Alberto y yo, tiene su carcajada. En los dos asientos de detrás nuestro iban Yaiza y su hermana, pero los dos de delante resultaron estar ocupados por las mismas dos chicas extranjeras con las que compartimos habitación la noche anterior en el salar…. Que cosas tiene la vida. Cuando entramos al autobús nos miraron como diciendo: “No puede ser…” Yo no me lo podía creer, pero son los caprichos de la vida. Les intenté calmar diciéndoles que esta noche no íbamos a molestar…. Me equivocaba. Les cambiamos a las dos hermanas el sitio para ver si podían estar mejor, pero Yaiza se dio cuenta de que iban a volver a darle la noche a las extranjeras. Así que cambiamos de nuevo. A mí me costó dormir, me levanté para ver si podía hacer algo, pero era evidente que no. Me dio rabia. Luismi estuvo un buen rato masajeando el estómago de Ivonne y tratando de calmarla. Después de echarlo todo por la boca consiguió descansar, pero tardó lo suyo. Esa noche me dormí pensando en la enorme paciencia que tuvo el hombre y aliviado de que hoy día aun sea posible cruzarse con gente tan humana como para sacrificar horas de sueño por ayudar a otra persona.

                  

                         

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1 comentario

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Una respuesta a “El cielo y la tierra se unen en el Salar de Uyuni

  1. Eva

    Menuda exoeruencia….!!!! Es como estar en el fin del mundo. Por cierto menudo cabreo en el autobus con el “cucu” de la mujer de la fanta. Casi me parto…Un besazo y sigue disfrutando.

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