Emociones fuertes en La Paz

 La llegada a La Paz fue dura. Otra vez de madrugada, pasadas las cinco, con fresco mañanero y sin hostal. Yaiza e Ivonne se fueron al hotel donde estaban alojados Javier y Luismi, que iban a pasar un par de días con nosotros. Alberto y yo intentamos en primer lugar ir al sitio que nos había recomendado Víctor en una pequeña libreta que nos dio antes de salir de España. El hostal se llamaba El Carretero, y tenía fama por su buen ambiente. La verdad es que para haber estado un año por Sudamérica, las notas de Víctor no fueron de gran ayuda… pero intentamos tirar de ellas cada vez que podíamos. En más de una ocasión pensamos en quemar la libreta, que no nos avisaba de cosas importantes que hubiera estado bien saber de antemano y sí de chorradas y cosas baladíes.  La verdad es que nosotros tampoco fuimos capaces de comprar un libro en Buenos Aires que Víctor nos encargó, pero es que para cuatro días que estuvimos no íbamos a gastar tanto tiempo en enviarle el libro por correo… Se alegrará al saber que por lo menos nos sentimos un poco mal por ello.

Cholitas en La Paz

Alberto en La Paz

No hubo sitio en El Carretero, debía de ser bueno porque estaba completo, así que nos tocó buscarnos otro, que tampoco estaba mal, salvo por el inconveniente de la ducha. Le di la paliza al de recepción con que el agua salía fría, incluso me dejó ducharme en otra habitación. No hubo manera. El agua no iba a salir más caliente, así que nos tocó apretar los dientes y para adelante. Sólo nos quedamos una noche en ese hostal, cerca había otro internacional y nos mudamos  a él. Para algo nos habíamos sacado el carnet de ‘hostel internacional’. Esa misma mañana decidimos dar una vuelta por la ciudad, a pesar del reventón que llevábamos encima. Cuando llegas a La Paz, te das cuenta enseguida que estás en una ciudad importante, aunque sólo sea por su fisonomía. El núcleo urbano está asentado entre montañas, cuyas  laderas  están llenas de casas y de barrios pobres que se iluminan por las noches, causando un efecto muy chulo. Se trata de la capital más alta del mundo, aunque en realidad luego descubriríamos que la capital constitucional de Bolivia es Sucre, y no La Paz, como todo el mundo cree. Es una ciudad en la que cuando no estás subiendo, estás bajando, y el oxígeno llega a cuenta gotas, así que hay que tomárselo con mucha calma e ir regulando esfuerzos como hacen los ciclistas en el Tour de Francia.

Yo en La Paz

Yo en la puerta del Museo de La Coca en La Paz

Empezamos dando una vuelta por los mercadillos del centro, y digo mercadillos pero a lo mejor era un mercadillo enorme, no lo tengo claro. Antes fuimos al punto en el que el mapa decía que había una oficina de turismo. Fuimos en taxi porque allí son muy baratos. Por 10 bolivianos, que es un euro, puedes ir a casi cualquier lado. Cuando entramos en la oficina de Turismo nos recibieron tres policías que lo primero que nos preguntaron fue si nos habían robado. Lógico si tenemos en cuenta que estábamos en la oficina de la Policía de Turismo. Nosotros esperábamos otra cosa, como un sitio donde nos informaran de los lugares a visitar. De todas formas preguntamos donde merecía la pena ir y la verdad que la chica no parecía tener mucha idea o no estaba muy acostumbrada a desempeñar ese papel. Nos recomendó un par de miradores y poco más que yo recuerde. Eso sí, nos avisó donde no nos teníamos que meter. Era Domingo y las oficinas de Turismo estaban cerradas, algo extraño por otra parte. Así que decidimos buscar una agencia de aventura para hacer la ruta de la Carretera de la Muerte, algo que habíamos querido hacer desde que Víctor nos contó lo que era.  Subir hasta los 4.700 metros de altitud para descender en bicicleta de montaña hasta los 1.200 metros, primero en un tramo de carretera en constante bajada y luego en otro tramo de descenso por montañas y barrancos que se le conoce como Carretera de la Muerte y donde se baja por senderos bastante estrechos llenos de rocas y de piedras que hacen que tu trasero no haga otra cosa que rebotar  constantemente con el sillín. No sé si fuimos muy conscientes, por lo menos yo, cuando contratamos la actividad, pero la verdad es que tiene su peligro. No en vano todos los años se mata alguien por ahí. Hay fotos y cruces en el camino que lo atestiguan. Víctor ya nos avisó que un descuido podía ser fatal, porque lo único que hay es un barranco a tu lado y un estrecho margen en algunos tramos.

Tuvimos dos días para mentalizarnos, incluso hasta llamamos a nuestro amigo para preguntarle si lo había hecho por agencia, ya que no lo veíamos con el casco y las rodilleras, y por supuesto que lo había hecho por agencia, no podía haber otra forma. Mientras tanto nos dedicamos a ver un poco la ciudad. Recorrimos todos los mercadillos habidos y por haber, compramos ropa y souvenirs, básicamente pulseras, aunque eso fueron más las chicas, que se hicieron con un cargamento de obsequios. Me pude comprar el típico jersey inca que se lleva mucho por allí, y que tiene su gracia la verdad. Alberto y yo le llamábamos el jersey de ‘Machupicchu’. Doy fe que él intentó hacerse con uno como el mío pero no encontró el color que buscaba. También vimos un par de museos y unas cuantas plazas. Era una ciudad con bastantes detalles coloniales y con muchas referencias de aquella época en la que los españoles colonizaban estas tierras. Es un país donde se tiene muy presente su historia y sus orígenes. Hay varios monumentos que homenajean y recuerdan a sus héroes, y que hacen mención al Reino Español que los gobernó. No me dio la impresión de que tuvieran muy buen recuerdo de los españoles…. Pudimos subir hasta el mirador de Killy Killy y ver la ciudad desde arriba. Te quedas impresionado con la forma de olla que tiene La Paz. Seguro que en otros tiempos fue un gran emplazamiento para protegerse de cualquier ataque.

Alberto en el mirador 'Killy Killy'

Yo en el mirador 'Killy Killy'

Quizás nos envalentonamos demasiado, porque casi todos nosotros, incluidos Luismi y Javier, compramos memorias usb de 32 y 64 gigas de capacidad. Algo que no existe en España…y por lo que se ve en Bolivia tampoco porque resultaron ser truchos y no funcionaban bien. Pero es que eran tan baratos… Como todos los compramos en el mismo sitio, fuimos a hablar con la cholita para que nos devolviera el dinero. Lo conseguimos después de una entretenida discusión. Seguramente si no hubiéramos sido seis personas presionando no habríamos conseguido nada. Pero lo peor y uno de los momentos de más bajón fue cuando se me rompió la cámara de fotos. Me acababa de comprar una funda para ella, y estando en un bonito puente que cruza una larga avenida fui a hacer una foto y el objetivo me dio error… Por el sonido crujiente que se escuchó debía de haber arena dentro, y no poca. Ni siquiera me dejó cerrar el objetivo. Un bajón, porque la verdad es que hacía buenas fotos. Pero la cámara la tengo en garantía, la compré tres días antes de irme de viaje, así que enseguida me di cuenta que podía dársela a Yaiza, que iba a volver tres semanas a Alicante, y que me la trajera de vuelta arreglada. De igual forma fue un bajón.

Alberto y yo con las gafas de sol de las chicas

Una de las cosas más graciosas sucedió cuando Ivonne fue a coger un libro de una pequeña librería en la calle y acabó tirando por accidente todos los libros que había a su lado. La dependiente se quedó con la típica cara de póker y nosotros nos fuimos bastante avergonzados, sobretodo Ivonne. Luego nos echamos nuestras risas porque fue un destrozo curioso en un momento. Nos hinchamos a comer pollo con arroz. Era lo que más había y lo más barato. La verdad es que no probamos muchas comidas típicas de Bolivia, pero supongo que el miedo a lo desconocido y nuestra ignorancia nos hizo comer simplemente lo que estamos acostumbrados a comer. La primera noche en La Paz aún era el cumpleaños de Ivonne, así que nos fuimos a celebrarlo a una hamburguesería tipo McDonalds. La cena estuvo muy bien, pero no por las hamburguesas y las salchipapas, que también, sino por la conversación con los dos hermanos españoles. Siempre es interesante conocer el punto de vista de alguien con mucha más experiencia que tú, y que ve las cosas desde otra posición. Imagino que a ellos les ocurriría lo mismo. Lo divertido es que podíamos hablar de cualquier cosa y ellos nos contaban su vida sin tapujos y con total naturalidad. No había fuerzas para tomar una copa por ahí, pero estoy seguro que nos habríamos divertido también. La despedida con ellos fue difícil. Es cierto que solo nos conocíamos de unos pocos días, pero siempre es triste pensar que muy posiblemente ya no vuelvas a ver a esas personas. La última cena fue en una pizzería del centro, después nos deseamos suerte y quedamos en vernos cuando volvieramos a España. Ya sé que es lo típico que se dice en estos casos, pero estaría muy bien encontrarnos algún dia.

Javier, Ivonne, Yaiza, Luismi, Alberto y yo cenando en La Paz

 Después de dos días conociendo La Paz, por fin llegó el momento de subirse a la bici. Tuvimos que madrugar bastante, a la 7 de la mañana teníamos que estar en la puerta de la agencia. La noche anterior recuerdo que me dormí con muchas dudas de si estaría preparado para la aventura. Hacía muchos años que no cogía una bicicleta, ni siquiera recuerdo la última vez. Además tengo un historial lleno de caídas, para que nos vamos a engañar. Me dormí seguro de que iba a besar el suelo, pero ya no había vuelta atrás. Éramos unos 12 corredores, todos muy jóvenes. Cuando los vi pensé que iba a quedar el último en la meta. Me equivoqué, llegué el quinto o el sexto, y no fui uno de los cuatro que se cayeron de la bici, aunque estuve cerca en más de una ocasión. Mientras nos poníamos los uniformes recuerdo que estaba nervioso, aunque lo disimulé de la mejor forma que pude. Éramos más o menos los mismos chicos que chicas. Alberto y yo, los únicos españoles. Luego había dos franceses que también estaban estudiando en Argentina con una beca, dos estadounidenses que tenían pinta de marines, y unos seis brasileños. “Donde me he metido” pensé. Al subirme a la bici que me dieron me sentí totalmente incómodo y ortopédico, parecía que se me había olvidado montar en bici, pero lo único que pasaba es que tenía el sillín muy alto, me lo ajusté y las sensaciones fueron otras.

Alberto y yo en 'La Cumbre', a 4.700 m. de altura

Alberto y yo en la Carretera de la Muerte

Yo en la Carretera de la Muerte

El primer tramo era por una carretera perfectamente asfaltada. Íbamos pegados a la parte derecha de la vía. Nos advirtieron que pasaban coches y camionetas con cierta frecuencia. Así que pocas bromas. Yo iba totalmente acojonado, tengo que reconocerlo, y situado en medio del grupo, más o menos. Nadie adelantaba a no ser que estuviera muy claro. La bici se embalaba en apenas 3 segundos que no tuviera apretados los frenos, aunque no pedalease. Las curvas también se las traían, con un fondo absolutamente montañoso y con barrancos de profundidad considerable. Parecía que estábamos descendiendo un puerto de montaña del Tour de Francia. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Aunque iba concentrado al cien por cien en todo momento. Di el máximo para evitar cualquier susto. Alberto iba detrás de mí, pero yo habría preferido que fuera delante para copiarle la trazada. De vez en cuando te pasaba por la izquierda como una moto uno de los dos guías que iba haciendo fotos y vídeo. Pensé en los ciclistas que veo por la tele cuando se juegan algo importante y bajan a tumba abierta…. “Que colgados” era lo que se me venía a la cabeza. Aunque se me fueron un poco los de adelante, no quise arriesgar mucho, en cuanto dabas dos pedaladas seguidas aquello se ponía a toda ostia, pero tampoco quería quedar como un principiante, así que me tocó apretar un poco en alguna recta.

Alberto en la Carretera de la Muerte

 

Carretera de la Muerte

Antes de llegar al tramo de tierra tuvimos que pagar una tasa. No era mucho dinero, pero en Bolivia aprovechan cualquier excusa para cobrarte algo. Nos detuvimos antes de comenzar la carretera de la muerte, donde empieza la bajada por el sendero de tierra, para que el guía nos diera las instrucciones oportunas. Estábamos dentro de una nube, y no es una expresión metafórica. Una niebla densa y espesa nos envolvía, y estábamos rodeados de vegetación y de montañas. Una auténtica pasada, no se me ocurre otra expresión. El tramo de montaña me resultó mucho más cómodo, y no porque fuera de menor dificultad, sino porque la bicicleta no iba tan rápida. Lo único que hacía falta era habilidad y un poco de resistencia en los brazos. Había que agarrar con fuerza el manillar, las piedras en el camino hacían temblar la bicicleta constantemente. En algunos tramos, el sendero no medía más de 3 metros y medios, y si asomabas la cabeza podías ver el vacío. No le llaman la Carretera de la Muerte por nada. Había cruces y fotos en algunos puntos del camino. Cada año se despeña alguien por el barranco. Las vistas eran espectaculares, una pena que tuviéramos que estar atentos al cien por cien a nuestra conducción. Cada veinte minutos parábamos para hacer fotos y descansar cinco minutos. Me alucinaba cuando pasábamos por debajo de alguna  cascada. Hacía mucho calor y un poco de agua no estaba de más. Llegó un momento que me tuve que abrir la chaqueta para que pasara un poco el aire. Gracias a ello también se me diferencia en algunas fotos.

Cruces de gente fallecida en la Carretera de la Muerte

 

Carretera de la Muerte

A medida que iba pasando el tiempo me iba sintiendo mucho más suelto y disfrutando del recorrido. Me permití algún que otro acelerón y fui un buen rato detrás del guía, que iba siempre en cabeza. Eso también hizo que tuviera algún susto y que pusiera el pie en tierra en alguna ocasión. En cuanto llegó el único tramo de subida que hay en toda la ruta empezó mi declive…Tenía demasiados kilómetros en mis piernas y tampoco es que estuviera en muy buena forma, así que en cuanto el suelo empezó a picar para arriba me lo tuve que tomar tranquilidad. El último tramo de los 63 kilómetros de ruta fue el más complicado y el menos bonito por la irregularidad del terreno, lleno de acequias. Llegué a meta al mismo tiempo que Alberto, lo cual ya es todo un logro. Él se maneja mucho mejor que yo sobre los pedales. Nos dieron de comer en un restaurante con piscina una vez que llegamos a Coroico, la capital de la región de los Yungas del Sur, a mil y pico metros de altura sobre el nivel del mar. Después de mucho tiempo a no menos de tres mil metros de altura, se hacía raro estar tan abajo. Alberto y yo no nos bañamos en la piscina porque el agua no estaba muy clara, pero nos habríamos bañado tranquilamente, y más si hubiéramos sabido que íbamos a estar un par de horas esperando a que los guías nos llevasen de vuelta a La Paz. Fuimos el último grupo en marcharnos del hotel porque se rompió una de las dos furgonetas que nos acompañaba, así que tuvimos que ir los doce en el mismo vehículo que había traído a seis de nosotros. Un viajecito de tres horas hasta La Paz bastante incómodo. Encima no me podía dormir porque no tenía apoyacabezas y no quería estar dando cabezazos de un lado a otro. A mi lado estaba sentado un francés que se dio un cabezazo enorme contra la ventana. Juro que intenté aguantarme la risa, pero no sé si pude. Lo vi en directo. El viaje se nos hizo eterno. Lo único que me apetecía era llegar al hostal y descansar. Al día siguiente nos tendríamos que levantar pronto otra vez para recoger en la agencia  el dvd con las fotos y los videos, porque teníamos que viajar hasta Copacabana, donde nos reuniríamos de nuevo con las chicas.

David sufriendo en la bicicleta

 

 

    

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