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Primer contacto con Latinoamérica: Buenos Aires

Una semana puede parecer poco tiempo. Tan sólo siete días. Pero cuando estas de viaje en Latinoamérica con algunos de tus mejores amigos, siete días parecen un mes, sobretodo si continuamente te pasan cosas fuera de guión. Me presento, soy David, de Alicante, y después de estar un año entero deseando salir de ‘La millor terreta del món’, por fin lo he conseguido, gracias a una Beca de la Universidad. Los motivos de mi evasión son, además de los habituales (conocer mundo, nuevas culturas, nuevas gentes, viajar..) , otros que no procede explicar aquí, pero que fueron decisivos para poner en marcha el proceso de huida. Por delante, 6 meses viviendo en Posadas, capital de Misiones (Argentina) y estudiando en la Universidad Nacional de Misiones (UNAM). Una región situada al noreste del país, que tiene frontera con Brasil y con Paraguay. He de reconocer que hasta hace medio año no tenía ni idea de su existencia, ni la más mínima, pero las casualidades de la vida me han llevado hasta allí, o me están llevando mejor dicho, ya que en estos momentos escribo desde un autobús que tarda 14 horas en recorrer la distancia que separa la capital argentina de mi nuevo hogar.

Hace justo siete días, mi mejor amigo (Alberto, un tipo con un humor fuera de lo común) y yo partimos desde Madrid a Buenos Aires haciendo escala en Caracas (Venezuela). Un vuelo larguísimo que a punto estuvimos de perder si no hubiera sido por la nube de ceniza del volcán chileno que lleva un tiempo ya escupiendo fuego. Comprobad siempre antes de salir de casa la terminal desde la que sale vuestro vuelo, y no jugárosla a una al azar como hice yo, sobretodo si sale desde Barajas. Lo dicho, menos mal que nuestro vuelo se retrasó unas cinco horas. Confieso que hubo un momento en el que me vi sacando otro billete, más aún cuando con las prisas, mi mochila de mano, cargada hasta arriba, reventó de forma irreversible y las cremalleras salieron volando. A eso había que sumarle dos maletas de 23 kilos cada una. Me faltaban manos y me sobraban nervios.

El primer momento en el que me di cuenta de donde nos estábamos metiendo fue en el aeropuerto Simón Bolivar (Caracas). Después de un viaje de 9 horas te apetece fumarte un cigarro antes de montar de nuevo otras 7 horas en un avión. El problema es que era imposible acceder a un espacio al aire libre donde poder disfrutar unas caladas. Además la seguridad venezolana ya se había encargado de quitarme el mechero en el control de seguridad, supongo que para que no se me ocurriera hacer ninguna hoguera en medio del aeropuerto. La cosa estaba jodida, pero un fumador se las apaña como sea y así hice yo. Descubrí en mi mochila unas minicerillas de 1 cm aproximadamente de longitud que me regalaron de Viena (sabía que algún día me servirían), y me metí en los aseos para fumar un cigarrillo rápido y a escondidas. Pero no contaba con que en Sudamérica hay trabajadores en todos los baños públicos, no sé muy bien para qué. Así que le pregunté por algún rincón en todo el aeropuerto donde poder fumar. Su respuesta fue abrirme la puerta de un inodoro con un disimulo propio de una película de espías y pedirme ‘plata’. No le pude dar ‘plata’ porque todavía no me había dado tiempo a cambiar mis euros, así que me subí al siguiente avión sin poder fumar. Venezuela 1-David 0.

El recibimiento en Argentina fue más bien frio, pero no por nada, sino porque el termómetro marcaba dos grados bajo cero a las ocho de la mañana y el vapor salía de la boca como si estuviéramos fumando marihuana, obviamente no era así. Teníamos la dirección del hostal donde estaba alojada mi amiga Yaiza, que lleva estudiando en Posadas desde marzo, y con quien nos teníamos que juntar para empezar nuestro viaje “a lo mochilero”. Después de una conversación de besugos con las recepcionistas del Florida Suites, por fin conseguimos localizarla, o mejor dicho ella nos localizó a nosotros, en la puerta del hostal cargados hasta arriba de maletas. Después de 4 meses me hizo mucha ilusión verla. En realidad han sido muchos los ratos que nos hemos imaginado viviendo esta experiencia, solo que ella lo consiguió antes que yo.

El primer día en Buenos Aires fue agotador, supongo que por el Jet Lag (5 horas de diferencia), pero aun así conseguimos dar un paseo y tomarnos una cerveza en Puerto Madero con el Rio de la Plata y con un puente hecho por Calatrava a nuestras espaldas. Nos acompañó también María, una chica de la UMH que había estado estudiando en Posadas el primer semestre con Yaiza y que era su último día en el país, ya que se volvía a España. Lo que son las cosas, unos que llegan y otros que se van. Nos fuimos pronto a la cama, bastante hicimos ese día con mantenernos en pie. Lo mejor estaba por llegar.

Al siguiente día Alberto y yo decidimos ir a Caminito, en el barrio de La Boca, y de paso ver el estadio de Boca Juniors,  La Bombonera. El asado en Caminito estuvo muy bien, con recital en directo de tangos y boleros incluido, pero la visita al estadio de Boca Juniors fue el plato estrella del día, y me atrevería a decir que de lo que llevamos de viaje. Cualquier futbolero que se precie sabe lo que significa entrar en ese campo y pisar un césped que han pisado jugadores de la talla de Maradona o de Palermo por poner dos ejemplos que todo el mundo conocerá. La Bombonera, aunque esté vacía, hace que se te pongan los pelos de punta y que los ojos se te abran como platos para no perderte ni el más mínimo detalle. No miento si digo que nunca pensé entrar en ese estadio. Puede parecer exagerado pero se trata de uno de los campos más míticos e históricos del fútbol mundial, no solo por ser donde juega el mejor equipo de Argentina desde hace decenas de años, sino por sus características únicas y especiales. Se trata de un campo en el que a pesar de no parecerlo, caben 50.000 personas, debido a que en los fondos de las porterías no hay asientos y la gente está de pie, lo cual también lo hace más peligroso, por supuesto. Por la tele el ambiente en los partidos parece espectacular, así que en vivo debe ser una locura. Espero poder ver algún partido en directo en cuanto se reanude el campeonato argentino. De la visita al estadio se aprende que los fundadores del club fueron genoveses (xeneizes) y que en un principio sus colores no eran amarillo y azul, sino rayas negras y blancas, como la Juventus de Turín o el Newcastle, lo que pasa es que se jugaron y perdieron sus colores en un partido contra otro equipo de la ciudad que también tenía la misma camiseta. Los por entonces gerentes del club decidieron elegir sus colores actuales en función del primer barco que llegara al puerto, siendo este uno procedente de Suecia, con los colores azul y amarillo.

De La Bombonera salimos un poco tarde, ya oscureciendo. Nos habían advertido que en cuanto anochece, el barrio de La Boca se vacía y lo mejor es ahuecar el ala. Mientras buscábamos un autobús se me ocurrió pedirle fuego a un tipo, me arrepentí nada mas verle la cara. No dijo ni media palabra pero su cara me transmitió algo así como: “Tu que mierdas haces pidiéndome fuego chaval”. Conseguimos subirnos en un autobús que fue vacío y con las luces apagadas por lo menos durante 20 minutos. De repente empezó a llenarse de gente y como no veíamos apenas la calle nos pasamos nuestra parada unas cuantas cuadras, que es así como llaman aquí a las calles. Así que no tardamos ni dos días en perdernos. Menos mal que nos lo tomamos con humor y nos reímos de todo.

De vuelta en el hostal conocimos a Ivonne, la hermana de Yaiza y el cuarto integrante ‘mochilero’ de nuestra expedición. Su vuelo también había llegado con retraso y le habían perdido su maleta rosa, así que no empezaba con muy buen pie, aunque todo se arreglaría más tarde. El grupo de ‘mochileros’ ya estaba al completo. Por delante largos viajes en autobús, hostales más o menos decentes, ciudades más o menos bonitas y largas caminatas, pero sobretodo muchas risas y experiencias nuevas para todos nosotros. Uruguay, Brasil, Bolivia, Perú o Chile son los próximos destinos que nos esperan, aunque todo dependerá del tiempo que tengamos.

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