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Emociones fuertes en La Paz

 La llegada a La Paz fue dura. Otra vez de madrugada, pasadas las cinco, con fresco mañanero y sin hostal. Yaiza e Ivonne se fueron al hotel donde estaban alojados Javier y Luismi, que iban a pasar un par de días con nosotros. Alberto y yo intentamos en primer lugar ir al sitio que nos había recomendado Víctor en una pequeña libreta que nos dio antes de salir de España. El hostal se llamaba El Carretero, y tenía fama por su buen ambiente. La verdad es que para haber estado un año por Sudamérica, las notas de Víctor no fueron de gran ayuda… pero intentamos tirar de ellas cada vez que podíamos. En más de una ocasión pensamos en quemar la libreta, que no nos avisaba de cosas importantes que hubiera estado bien saber de antemano y sí de chorradas y cosas baladíes.  La verdad es que nosotros tampoco fuimos capaces de comprar un libro en Buenos Aires que Víctor nos encargó, pero es que para cuatro días que estuvimos no íbamos a gastar tanto tiempo en enviarle el libro por correo… Se alegrará al saber que por lo menos nos sentimos un poco mal por ello.

Cholitas en La Paz

Alberto en La Paz

No hubo sitio en El Carretero, debía de ser bueno porque estaba completo, así que nos tocó buscarnos otro, que tampoco estaba mal, salvo por el inconveniente de la ducha. Le di la paliza al de recepción con que el agua salía fría, incluso me dejó ducharme en otra habitación. No hubo manera. El agua no iba a salir más caliente, así que nos tocó apretar los dientes y para adelante. Sólo nos quedamos una noche en ese hostal, cerca había otro internacional y nos mudamos  a él. Para algo nos habíamos sacado el carnet de ‘hostel internacional’. Esa misma mañana decidimos dar una vuelta por la ciudad, a pesar del reventón que llevábamos encima. Cuando llegas a La Paz, te das cuenta enseguida que estás en una ciudad importante, aunque sólo sea por su fisonomía. El núcleo urbano está asentado entre montañas, cuyas  laderas  están llenas de casas y de barrios pobres que se iluminan por las noches, causando un efecto muy chulo. Se trata de la capital más alta del mundo, aunque en realidad luego descubriríamos que la capital constitucional de Bolivia es Sucre, y no La Paz, como todo el mundo cree. Es una ciudad en la que cuando no estás subiendo, estás bajando, y el oxígeno llega a cuenta gotas, así que hay que tomárselo con mucha calma e ir regulando esfuerzos como hacen los ciclistas en el Tour de Francia.

Yo en La Paz

Yo en la puerta del Museo de La Coca en La Paz

Empezamos dando una vuelta por los mercadillos del centro, y digo mercadillos pero a lo mejor era un mercadillo enorme, no lo tengo claro. Antes fuimos al punto en el que el mapa decía que había una oficina de turismo. Fuimos en taxi porque allí son muy baratos. Por 10 bolivianos, que es un euro, puedes ir a casi cualquier lado. Cuando entramos en la oficina de Turismo nos recibieron tres policías que lo primero que nos preguntaron fue si nos habían robado. Lógico si tenemos en cuenta que estábamos en la oficina de la Policía de Turismo. Nosotros esperábamos otra cosa, como un sitio donde nos informaran de los lugares a visitar. De todas formas preguntamos donde merecía la pena ir y la verdad que la chica no parecía tener mucha idea o no estaba muy acostumbrada a desempeñar ese papel. Nos recomendó un par de miradores y poco más que yo recuerde. Eso sí, nos avisó donde no nos teníamos que meter. Era Domingo y las oficinas de Turismo estaban cerradas, algo extraño por otra parte. Así que decidimos buscar una agencia de aventura para hacer la ruta de la Carretera de la Muerte, algo que habíamos querido hacer desde que Víctor nos contó lo que era.  Subir hasta los 4.700 metros de altitud para descender en bicicleta de montaña hasta los 1.200 metros, primero en un tramo de carretera en constante bajada y luego en otro tramo de descenso por montañas y barrancos que se le conoce como Carretera de la Muerte y donde se baja por senderos bastante estrechos llenos de rocas y de piedras que hacen que tu trasero no haga otra cosa que rebotar  constantemente con el sillín. No sé si fuimos muy conscientes, por lo menos yo, cuando contratamos la actividad, pero la verdad es que tiene su peligro. No en vano todos los años se mata alguien por ahí. Hay fotos y cruces en el camino que lo atestiguan. Víctor ya nos avisó que un descuido podía ser fatal, porque lo único que hay es un barranco a tu lado y un estrecho margen en algunos tramos.

Tuvimos dos días para mentalizarnos, incluso hasta llamamos a nuestro amigo para preguntarle si lo había hecho por agencia, ya que no lo veíamos con el casco y las rodilleras, y por supuesto que lo había hecho por agencia, no podía haber otra forma. Mientras tanto nos dedicamos a ver un poco la ciudad. Recorrimos todos los mercadillos habidos y por haber, compramos ropa y souvenirs, básicamente pulseras, aunque eso fueron más las chicas, que se hicieron con un cargamento de obsequios. Me pude comprar el típico jersey inca que se lleva mucho por allí, y que tiene su gracia la verdad. Alberto y yo le llamábamos el jersey de ‘Machupicchu’. Doy fe que él intentó hacerse con uno como el mío pero no encontró el color que buscaba. También vimos un par de museos y unas cuantas plazas. Era una ciudad con bastantes detalles coloniales y con muchas referencias de aquella época en la que los españoles colonizaban estas tierras. Es un país donde se tiene muy presente su historia y sus orígenes. Hay varios monumentos que homenajean y recuerdan a sus héroes, y que hacen mención al Reino Español que los gobernó. No me dio la impresión de que tuvieran muy buen recuerdo de los españoles…. Pudimos subir hasta el mirador de Killy Killy y ver la ciudad desde arriba. Te quedas impresionado con la forma de olla que tiene La Paz. Seguro que en otros tiempos fue un gran emplazamiento para protegerse de cualquier ataque.

Alberto en el mirador 'Killy Killy'

Yo en el mirador 'Killy Killy'

Quizás nos envalentonamos demasiado, porque casi todos nosotros, incluidos Luismi y Javier, compramos memorias usb de 32 y 64 gigas de capacidad. Algo que no existe en España…y por lo que se ve en Bolivia tampoco porque resultaron ser truchos y no funcionaban bien. Pero es que eran tan baratos… Como todos los compramos en el mismo sitio, fuimos a hablar con la cholita para que nos devolviera el dinero. Lo conseguimos después de una entretenida discusión. Seguramente si no hubiéramos sido seis personas presionando no habríamos conseguido nada. Pero lo peor y uno de los momentos de más bajón fue cuando se me rompió la cámara de fotos. Me acababa de comprar una funda para ella, y estando en un bonito puente que cruza una larga avenida fui a hacer una foto y el objetivo me dio error… Por el sonido crujiente que se escuchó debía de haber arena dentro, y no poca. Ni siquiera me dejó cerrar el objetivo. Un bajón, porque la verdad es que hacía buenas fotos. Pero la cámara la tengo en garantía, la compré tres días antes de irme de viaje, así que enseguida me di cuenta que podía dársela a Yaiza, que iba a volver tres semanas a Alicante, y que me la trajera de vuelta arreglada. De igual forma fue un bajón.

Alberto y yo con las gafas de sol de las chicas

Una de las cosas más graciosas sucedió cuando Ivonne fue a coger un libro de una pequeña librería en la calle y acabó tirando por accidente todos los libros que había a su lado. La dependiente se quedó con la típica cara de póker y nosotros nos fuimos bastante avergonzados, sobretodo Ivonne. Luego nos echamos nuestras risas porque fue un destrozo curioso en un momento. Nos hinchamos a comer pollo con arroz. Era lo que más había y lo más barato. La verdad es que no probamos muchas comidas típicas de Bolivia, pero supongo que el miedo a lo desconocido y nuestra ignorancia nos hizo comer simplemente lo que estamos acostumbrados a comer. La primera noche en La Paz aún era el cumpleaños de Ivonne, así que nos fuimos a celebrarlo a una hamburguesería tipo McDonalds. La cena estuvo muy bien, pero no por las hamburguesas y las salchipapas, que también, sino por la conversación con los dos hermanos españoles. Siempre es interesante conocer el punto de vista de alguien con mucha más experiencia que tú, y que ve las cosas desde otra posición. Imagino que a ellos les ocurriría lo mismo. Lo divertido es que podíamos hablar de cualquier cosa y ellos nos contaban su vida sin tapujos y con total naturalidad. No había fuerzas para tomar una copa por ahí, pero estoy seguro que nos habríamos divertido también. La despedida con ellos fue difícil. Es cierto que solo nos conocíamos de unos pocos días, pero siempre es triste pensar que muy posiblemente ya no vuelvas a ver a esas personas. La última cena fue en una pizzería del centro, después nos deseamos suerte y quedamos en vernos cuando volvieramos a España. Ya sé que es lo típico que se dice en estos casos, pero estaría muy bien encontrarnos algún dia.

Javier, Ivonne, Yaiza, Luismi, Alberto y yo cenando en La Paz

 Después de dos días conociendo La Paz, por fin llegó el momento de subirse a la bici. Tuvimos que madrugar bastante, a la 7 de la mañana teníamos que estar en la puerta de la agencia. La noche anterior recuerdo que me dormí con muchas dudas de si estaría preparado para la aventura. Hacía muchos años que no cogía una bicicleta, ni siquiera recuerdo la última vez. Además tengo un historial lleno de caídas, para que nos vamos a engañar. Me dormí seguro de que iba a besar el suelo, pero ya no había vuelta atrás. Éramos unos 12 corredores, todos muy jóvenes. Cuando los vi pensé que iba a quedar el último en la meta. Me equivoqué, llegué el quinto o el sexto, y no fui uno de los cuatro que se cayeron de la bici, aunque estuve cerca en más de una ocasión. Mientras nos poníamos los uniformes recuerdo que estaba nervioso, aunque lo disimulé de la mejor forma que pude. Éramos más o menos los mismos chicos que chicas. Alberto y yo, los únicos españoles. Luego había dos franceses que también estaban estudiando en Argentina con una beca, dos estadounidenses que tenían pinta de marines, y unos seis brasileños. “Donde me he metido” pensé. Al subirme a la bici que me dieron me sentí totalmente incómodo y ortopédico, parecía que se me había olvidado montar en bici, pero lo único que pasaba es que tenía el sillín muy alto, me lo ajusté y las sensaciones fueron otras.

Alberto y yo en 'La Cumbre', a 4.700 m. de altura

Alberto y yo en la Carretera de la Muerte

Yo en la Carretera de la Muerte

El primer tramo era por una carretera perfectamente asfaltada. Íbamos pegados a la parte derecha de la vía. Nos advirtieron que pasaban coches y camionetas con cierta frecuencia. Así que pocas bromas. Yo iba totalmente acojonado, tengo que reconocerlo, y situado en medio del grupo, más o menos. Nadie adelantaba a no ser que estuviera muy claro. La bici se embalaba en apenas 3 segundos que no tuviera apretados los frenos, aunque no pedalease. Las curvas también se las traían, con un fondo absolutamente montañoso y con barrancos de profundidad considerable. Parecía que estábamos descendiendo un puerto de montaña del Tour de Francia. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Aunque iba concentrado al cien por cien en todo momento. Di el máximo para evitar cualquier susto. Alberto iba detrás de mí, pero yo habría preferido que fuera delante para copiarle la trazada. De vez en cuando te pasaba por la izquierda como una moto uno de los dos guías que iba haciendo fotos y vídeo. Pensé en los ciclistas que veo por la tele cuando se juegan algo importante y bajan a tumba abierta…. “Que colgados” era lo que se me venía a la cabeza. Aunque se me fueron un poco los de adelante, no quise arriesgar mucho, en cuanto dabas dos pedaladas seguidas aquello se ponía a toda ostia, pero tampoco quería quedar como un principiante, así que me tocó apretar un poco en alguna recta.

Alberto en la Carretera de la Muerte

 

Carretera de la Muerte

Antes de llegar al tramo de tierra tuvimos que pagar una tasa. No era mucho dinero, pero en Bolivia aprovechan cualquier excusa para cobrarte algo. Nos detuvimos antes de comenzar la carretera de la muerte, donde empieza la bajada por el sendero de tierra, para que el guía nos diera las instrucciones oportunas. Estábamos dentro de una nube, y no es una expresión metafórica. Una niebla densa y espesa nos envolvía, y estábamos rodeados de vegetación y de montañas. Una auténtica pasada, no se me ocurre otra expresión. El tramo de montaña me resultó mucho más cómodo, y no porque fuera de menor dificultad, sino porque la bicicleta no iba tan rápida. Lo único que hacía falta era habilidad y un poco de resistencia en los brazos. Había que agarrar con fuerza el manillar, las piedras en el camino hacían temblar la bicicleta constantemente. En algunos tramos, el sendero no medía más de 3 metros y medios, y si asomabas la cabeza podías ver el vacío. No le llaman la Carretera de la Muerte por nada. Había cruces y fotos en algunos puntos del camino. Cada año se despeña alguien por el barranco. Las vistas eran espectaculares, una pena que tuviéramos que estar atentos al cien por cien a nuestra conducción. Cada veinte minutos parábamos para hacer fotos y descansar cinco minutos. Me alucinaba cuando pasábamos por debajo de alguna  cascada. Hacía mucho calor y un poco de agua no estaba de más. Llegó un momento que me tuve que abrir la chaqueta para que pasara un poco el aire. Gracias a ello también se me diferencia en algunas fotos.

Cruces de gente fallecida en la Carretera de la Muerte

 

Carretera de la Muerte

A medida que iba pasando el tiempo me iba sintiendo mucho más suelto y disfrutando del recorrido. Me permití algún que otro acelerón y fui un buen rato detrás del guía, que iba siempre en cabeza. Eso también hizo que tuviera algún susto y que pusiera el pie en tierra en alguna ocasión. En cuanto llegó el único tramo de subida que hay en toda la ruta empezó mi declive…Tenía demasiados kilómetros en mis piernas y tampoco es que estuviera en muy buena forma, así que en cuanto el suelo empezó a picar para arriba me lo tuve que tomar tranquilidad. El último tramo de los 63 kilómetros de ruta fue el más complicado y el menos bonito por la irregularidad del terreno, lleno de acequias. Llegué a meta al mismo tiempo que Alberto, lo cual ya es todo un logro. Él se maneja mucho mejor que yo sobre los pedales. Nos dieron de comer en un restaurante con piscina una vez que llegamos a Coroico, la capital de la región de los Yungas del Sur, a mil y pico metros de altura sobre el nivel del mar. Después de mucho tiempo a no menos de tres mil metros de altura, se hacía raro estar tan abajo. Alberto y yo no nos bañamos en la piscina porque el agua no estaba muy clara, pero nos habríamos bañado tranquilamente, y más si hubiéramos sabido que íbamos a estar un par de horas esperando a que los guías nos llevasen de vuelta a La Paz. Fuimos el último grupo en marcharnos del hotel porque se rompió una de las dos furgonetas que nos acompañaba, así que tuvimos que ir los doce en el mismo vehículo que había traído a seis de nosotros. Un viajecito de tres horas hasta La Paz bastante incómodo. Encima no me podía dormir porque no tenía apoyacabezas y no quería estar dando cabezazos de un lado a otro. A mi lado estaba sentado un francés que se dio un cabezazo enorme contra la ventana. Juro que intenté aguantarme la risa, pero no sé si pude. Lo vi en directo. El viaje se nos hizo eterno. Lo único que me apetecía era llegar al hostal y descansar. Al día siguiente nos tendríamos que levantar pronto otra vez para recoger en la agencia  el dvd con las fotos y los videos, porque teníamos que viajar hasta Copacabana, donde nos reuniríamos de nuevo con las chicas.

David sufriendo en la bicicleta

 

 

    

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El cielo y la tierra se unen en el Salar de Uyuni

El despertar en Uyuni fue de lo más “agradable”, irónicamente hablando. No recuerdo haber pasado un frío igual en ningún otro lugar de la Tierra en los que he estado. La nariz me sangró por la mañana como casi todos los días que estuve en Bolivia, pero ese día incluso un poco más, y para colmo no había agua, según nos dijeron, por congelación de las cañerías. Y la verdad, no me extrañaba nada. Así que tuve que usar la botella de agua que teníamos para lavarme. El día anterior habíamos concertado la excursión al salar de Uyuni, del que teníamos grandes expectativas. Se trata de una extensión enorme de sal, tanto que necesitas un jeep para recorrerlo de punta a punta, y no solo tiene sal, sino que hay más cosas interesantes, como islas, volcanes o lagos. Nos supo bastante mal no poder hacer el recorrido entero que se hace normalmente. No pudimos ver ni la laguna colorada ni la laguna verde por culpa de la nieve, y debían ser tremendamente bonitas, pero por lo menos íbamos a pasar un par de días en uno de los sitios, para mí, más sorprendentes y únicos del planeta.

La agencia de turismo que contratamos preparó grupos de seis personas, cada uno con su guía y con su jeep. Así que además de nosotros cuatro, los de siempre, íbamos con dos hermanos españoles más que acabarían marcando nuestro viaje, pero para bien. Javier era de Madrid, aunque llevaba mucho tiempo viviendo en Barcelona, y Luismi era de Pamplona, pero vivía en Madrid. Venían de La Paz, que por cierto era nuestro siguiente destino, y llevaban unos cuantos días en Lationamérica. Habían visto ya el Machu Picchu, estaban haciendo el viaje en sentido inverso al nuestro y nos habíamos encontrado en Uyuni. Eran dos mochileros que por su edad podrían haber sido nuestros padres o nuestros tíos. Creo recordar que Luismi tenía 54 años y Javier 4 menos que él. Pero la verdad es que no aparentaban en absoluto su edad. Daban la impresión de llevar ya unos cuantos viajes a la espalda, y así era. Javier, por ejemplo, aprovechaba cada vez que su trabajo de topógrafo se lo permitía para venir a Bolivia. Era la tercera vez que visitaba el país, y nos reconoció que pensaba volver una cuarta. Luismi era enfermero en un hospital de Madrid, que también se escapaba cada vez que podía, aunque él era la primera vez que venía a Bolivia. Sin duda tuvimos mucha suerte de cruzarnos con ellos. Resultaron ser dos tipos geniales que nos ayudaron muchísimo y con los que acabaríamos yendo a visitar La Paz. Digo que tuvimos suerte porque el destino podría haber hecho que nos cruzáramos con cualquiera, y sin embargo la diferencia de edad no impidió que se generase un gran ‘rollo’ entre los 6. Tuvimos unas conversaciones de lo más entretenidas.

Nuestro guía se llamaba Wilder. Para ser sinceros nunca nos quedó a ninguno muy claro si se llamaba Wilder o Wilner. Y eso que se lo preguntamos unas cuantas veces. En nuestro jeep también iba una mujer que se encargaba de cocinar, y que rara vez abría la boca. Se reía mucho, eso sí. Nosotros intentábamos darle conversación. Luego nos acabaríamos enterando que Wilder y ella eran algo más que compañeros de trabajo. En un momento de la excursión, mientras cruzábamos el salar y hablábamos de cualquier cosa, a Yaiza se le ocurrió preguntarles, sin paños calientes, si eran marido y mujer. Nadie más que ella había caído. La verdad es que lo disimulaban muy bien. El caso es que se la jugó preguntando.

Salar de Uyuni. El cielo se refleja en el suelo

Salar de Uyuni

 

Para abrir boca nos llevaron a ver el proceso de producción de la sal. Un niño de 12 años llenó una bolsita con la sal de uno de los montones que había en el suelo y la selló con el fuego de un soplete. Tras la demostración nos adentramos en el salar propiamente dicho y tuvimos tiempo para hacernos unas fotos y contemplar el paisaje. La verdad es que se trata de un sitio sorprendente. Mejor que explicarlo es ver las fotos, pero lo puedo intentar. Se trata de un fenómeno producido al parecer por la evaporación de lo que algún día fue un lago enorme, el lago Tauca. Está situado a 3.600 metros de altura y contiene unas 10.000 millones de toneladas de sal. El salar está cubierto por una fina capa de agua que hace que tengas que tener cuidado para no resbalarte. El reflejo de las montañas y las nubes en ella hace difícil distinguir el cielo de la tierra. El sol pegaba con fuerza, aplacando un poco el frío, y sus rayos lo hacían todo aún más bonito. Nunca vi nada parecido. Cualquiera que ve las fotos pregunta si es hielo o nieve. Nada que ver.

Alberto y Yaiza en el salar de Uyuni

Isla Incahuasi, en medio del salar de Uyuni

Todo el mundo sabe que los hermanos tienden a pelearse por las cosas más absurdas. Aunque luego hagan las paces con la misma facilidad. Mientras las dos parejas de hermanos discutían por el encuadre de las fotos, seguimos atravesando el salar hasta llegar a la isla Incahuasi, una isla de relieve escarpado llena de cactus gigantes, y que se suele confundir con la isla del Pescado, que está a unos cuantos kilómetros. Pero normal que se confunda si cuando en las agencias de turismo preguntas si vas a visitar la isla del Pescado y te dicen que “sí…” Luego te das cuenta que aquí no dicen que “no” nunca, no forma parte de su vocabulario. El caso es que durante todo el paseo por la isla creímos estar en la isla del Pescado. Horas más tarde descubriríamos que no fue así, pero da igual, porque el sitio estaba bastante bien. Antes de entrar en la isla hicimos un picnic al borde de ella. Probamos la carne de llama, realmente buena, y la quinoa, un cereal que parece arroz pero que está bastante seco. Desde lo más alto de la isla pudimos ver los volcanes, alguno de ellos semiactivos, a los que no podríamos llegar por el frio que hacía. Parece ser que es muy típico que los turistas se hagan fotos con perspectiva, de esas que se juega con el tamaño para que parezca que estás sosteniendo un bote de Pringles gigante. Así que nosotros no fuimos menos. La pena es que luego en el ordenador nos dimos cuenta que no se veían bien. El atardecer a eso de las seis y media teníamos que verlo obligado. Mientras íbamos en el jeep conseguimos que nuestro guía Wilder se arrancara a cantar algunos temas nacionales muy folklóricos.

Comiendo en la Isla Incahuasi con Javier y con Luismi

A punto de ser aplastados...

Yaiza con un cactus de la isla Incahuasi

 La noche la pasamos en un hotel de sal. Yo lo veía un poco raro pero se ve que sí que es posible. Pasamos una noche entretenida allí… Después de cenar echamos un chinchón con otra pareja de españoles, de Girona concretamente. Se nos hizo un poco tarde, nos quedamos los últimos en el salón y apenas podíamos ver las cartas gracias a las velas. Todas las luces estaban ya apagadas hace tiempo. Eso permitió que pudiéramos ver el cielo con más estrellas que nunca. Realmente impresionante. El cielo cubierto de puntos brillantes. Para dormir compartíamos habitación con dos chicas extranjeras que no tenían mucha idea de español, y la verdad es que no guardarán seguro muy buen recuerdo. Ivonne pasó una noche horrible, no durmió ni un solo minuto, y se levantó cada dos por tres para ir al baño… Yaiza estuvo pendiente de ella toda la noche, con lo que tampoco pudo pegar mucho ojo. Alberto y yo pudimos descansar algo más, aunque me desperté en numerosas ocasiones, una de ellas para comerme todas las galletas Oreo que tenía ante una ligera bajada de azúcar que se solucionó rápido. No sé si las dos extranjeras se enterarían mucho, pero esa noche tuvieron mala suerte de que les colocaran con nosotros.

Isla Incahuasi

 

Teníamos que levantarnos muy pronto, antes de las siete de la mañana si no recuerdo mal. No fue mucho problema, nadie estaba muy dormido. Ivonne tenía muy mala cara y no pensaba en otra cosa que en volver al hotel de Uyuni, y así se lo solicitaron a uno de los guías, uno que se encargaba de un grupo de ingleses y que siempre decía la misma frase cuando quería llamar la atención de su grupo: “Everybody let’s gooo……¡¡¡ Nos divertimos mucho imitándole cuando no nos veía. Éste guía le dijo a Ivonne que se olvidara de volver, que nadie le iba a llevar y que ya estaba acostumbrado a que algunos turistas se pusieran enfermos por el mal de altura u otras cuestiones… A Ivonne no le sentó bien la negativa. Afortunadamente, Luismi, que era enfermero y que ya estaba vestido y preparado hacía un rato, se acercó a nuestra habitación para examinar a nuestra compañera enferma y tranquilizarla un poco. Y vaya si lo consiguió. Un masaje estomacal y un discurso firme y convincente hizo que Ivonne se levantara, se vistiera y se pusiera en marcha con el resto del grupo. Hay que decir que la auténtica medicina en ese caso fue el humor. Ni más ni menos. Luismi era un hombre muy gracioso por su forma de hablar y muy auténtico. No podías hacer otra cosa que reírte. Las chicas decían que les recordaba a un tío suyo. A mí la verdad es que fisicamente me recordaba más a Juanito Oiarzabal, el alpinista vasco. Aunque creo que no se lo dije nunca. A lo mejor si veis las fotos estáis de acuerdo conmigo.

Atardecer en el salar de Uyuni

En el hotel de sal

El segundo día de la excursión fue más de relleno que otra cosa, pero fue un buen relleno de todas maneras. Vimos un lago congelado bastante hermoso y unas rocas bastante pintorescas en medio de un valle. De ese día lo que más recuerdo ahora son las conversaciones que tuvimos los seis en el trayecto de vuelta a Uyuni. Me parece mentira que personas de tan diferentes edades pudiéramos hablar de forma tan natural de todo lo que hablamos. Supongo que fue porque no nos conocíamos de nada. El caso es que nos reímos bastante. Había un rollo muy sano entre los seis. Antes de volver a Uyuni visitamos un cementerio de trenes que por supuesto Alberto disfrutó mucho (le encantan los trenes), y decidimos volver a La Paz ese mismo día en vez de hacer noche en Uyuni de nuevo. Como estábamos tan a gusto con Javier y con Luismi, viajamos en el mismo colectivo que ellos, que llegaría a las cinco de la mañana a La Paz. Ellos ya habían estado en esa ciudad y podrían enseñarnos sitios chulos durante los dos días que iban a permanecer en esa ciudad. El trayecto hasta La Paz fue también complicado. De las 10 horas que duraba el viaje, las primeras cinco las pasamos botando como si estuviéramos en una centrifugadora. Una sensación muy parecida a la de un avión con turbulencias. Al parecer el camino mejoraba a partir de Oruro, otra ciudad más al sur de la capital boliviana. Debió ser porque el cuerpo se acaba acostumbrando o porque simplemente no me di cuenta, pero yo, sinceramente, no distinguí entre una parte del camino y otra. Pero ese no fue el problema en realidad. Ivonne tuvo una segunda noche consecutiva movidita. Su cumpleaños iba a empezar a partir de las doce de la noche y le preparamos una pequeña sorpresa. Compramos dos velas rosas y se las pusimos en una pizza. Se la dimos nada más subir al autobús, delante del pasaje entero, y los seis le cantamos el cumpleaños feliz bien alto. Fuimos los únicos que cantamos. Hay que ver que gente tan sosa…. Ella había estado todo el día quejándose de que iba a pasar su cumpleaños metida en un autobús. Yo sin embargo pensaba en lo chulo que era cumplir años en un sitio perdido a miles de kilómetros de tu casa y en medio de un viaje como el que estábamos haciendo. Pero supongo que son formas distintas de verlo.

Celebrando el cumpleaños de Ivonne en el autobús

Ivonne había pasado un día bastante normal, saludablemente hablando. Luismo la había mantenido firme y sin “dar pedales” como él decía. Se refería metafóricamente a la sugestión que uno mismo se hace mentalmente en un determinado momento. La verdad es que Luismi debía ser buen enfermero, de esos que te gustaría que te tocasen si se da la ocasión. Digan lo que digan el humor es capaz de curar. Pero no dura todo el día, así que después de la breve celebración y en cuanto aquello se puso en marcha, la pobre Ivonne empezó a tener problemas estomacales y angustia. Luismi tuvo que intervenir de nuevo. El traqueteo del autobús no ayudaba nada. Recuerdo que nos reímos una barbaridad cuando la mujer que iba delante de Luismi reclinó su asiento y le echó por encima todos los espaguetis de la cena… Eso que te lo cuenten, tiene su gracia, pero verlo en directo, como lo vimos Alberto y yo, tiene su carcajada. En los dos asientos de detrás nuestro iban Yaiza y su hermana, pero los dos de delante resultaron estar ocupados por las mismas dos chicas extranjeras con las que compartimos habitación la noche anterior en el salar…. Que cosas tiene la vida. Cuando entramos al autobús nos miraron como diciendo: “No puede ser…” Yo no me lo podía creer, pero son los caprichos de la vida. Les intenté calmar diciéndoles que esta noche no íbamos a molestar…. Me equivocaba. Les cambiamos a las dos hermanas el sitio para ver si podían estar mejor, pero Yaiza se dio cuenta de que iban a volver a darle la noche a las extranjeras. Así que cambiamos de nuevo. A mí me costó dormir, me levanté para ver si podía hacer algo, pero era evidente que no. Me dio rabia. Luismi estuvo un buen rato masajeando el estómago de Ivonne y tratando de calmarla. Después de echarlo todo por la boca consiguió descansar, pero tardó lo suyo. Esa noche me dormí pensando en la enorme paciencia que tuvo el hombre y aliviado de que hoy día aun sea posible cruzarse con gente tan humana como para sacrificar horas de sueño por ayudar a otra persona.

                  

                         

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Descubriendo el mal de altura en Bolivia

Lo normal en un viaje sé que es preparar cada movimiento y tener claras las conexiones y los sitios donde vas a pernoctar. No era nuestro caso. En Latinoamérica no existe mucha información en Internet sobre los transportes ni las conexiones, así que casi siempre tienes que ir un poco a salto de mata. Nosotros queríamos llegar a Bolivia como fuera, y la situación geográfica nos obligaba a ir por el norte de Argentina hasta Salta, ya que varias personas nos habían dicho que Santa Cruz (Bolivia), a donde hubiéramos llegado de haber ido por Paraguay, no valía la pena y era una ciudad normal. Yo hubiera elegido esa opción, pero tener que pasar por Paraguay nos hizo descartar Santa Cruz.

Preparados para salir de viaje

Así que nos montamos en un autobús cama (no confundir con el de 180 grados) durante 16 horas para llegar hasta Güemes, una localidad cercana a la provincia argentina de Salta, donde podríamos seguir subiendo hasta llegar a la frontera. Tras intentar con poco éxito ver las dos películas que pusieron en el bus, me di cuenta de que tuve un fallo garrafal en la preparación de mi mochila de mano. Me había dejado el estuche de lentillas en la mochila que iba en el maletero, así que tuve que tirarlas por el retrete para poder dormir. No habría pasado gran cosa, pero cuando llegamos a Güemes, a primera hora, me di cuenta que me había traído dos lentillas izquierdas en vez de una de cada ojo….un desastre, vamos. Más tarde me daría cuenta de que aún veía mejor con dos lentillas izquierdas que con las gafas. No salimos de la terminal de Güemes para nada, pero no parecía un sitio como para visitar. Pillamos enseguida otro bus para La Quiaca, localidad argentina fronteriza con Bolivia. Cuanto más avanzáramos, mejor.

Foto hecha desde el autobus a La Quiaca

El mal de altura era algo de lo que nosotros habíamos hablado sin darle demasiada importancia. Pensábamos probar la hoja de coca, más por curiosidad que por necesidad, pero no esperábamos el efecto que la altura estaba a punto de provocar en nosotros. El autobús hizo una parada para almorzar en Tilcara (Jujuy) antes de llegar a La Quiaca. Ivonne empezó a sentirse mareada y con nauseas. Podría haber sido el típico mareo por las curvas, pero todo pintaba a que estaba siendo afectada por el mal de altura, y eso que aún no habíamos pasado de los 2.500 metros. El conductor le dio hoja de coca para mascar y se le pasó al rato. Yo aún no tenía ningún síntoma ni me había preocupado, pero verle quejarse me hizo pensar que a lo mejor no era ninguna tontería lo del mal de altura. Y no lo fue. Dos horas antes de llegar a La Quiaca me empezó a doler la cabeza, aunque no dije nada en el autobús por no alarmar más al personal, ya que Yaiza ya se había quejado de que le dolía la cabeza. El bofetón nada más bajar del colectivo fue impresionante. La presión se empezó a hacer insoportable. El esfuerzo de andar con las mochilas por La Quiaca hizo que me mareara y que tuviera dificultades para respirar. La llegada a la aduana argentina no hizo sino que empeorar las cosas. Intenté quedarme quieto y no hablar mucho a ver si se me pasaba, pero no dio mucho resultado. De hecho me sellaron el pasaporte mientras echaba por la boca todo lo que tenía en el estómago. Experimenté por primera vez lo que es el mal de altura, y puedo dar fe que es una sensación horrible. Lo bueno es que después de la evacuación se me pasó poco a poco.

En la cola para salir de Argentina

Villazón es la ciudad boliviana fronteriza con Argentina, a la que llegamos andando desde La Quiaca. No tenemos muy buen recuerdo de ese sitio, supongo que por culpa de la altura y del cansancio. Además eran 5 calles y una plaza central. El caso es que a la vuelta no volveríamos a pasar por ahí. Buscamos hostal para pasar la noche, pero ni a Yaiza ni a su hermana les convenció lo que vieron, a Alberto y a mí nos daba más igual. La verdad es que Villazón no parecía un sitio como para quedarse. Por unos altavoces las autoridades alertaban del peligro de no vigilar lo que uno se tomaba y de cuidar las pertenencias, y el boliviano al que pregunté por un cajero me preguntó cuál era mi número secreto, yo le respondí si me había visto cara de tonto, a lo que se rio sin más, pero supongo que sí. Dio igual de todas formas porque el cajero no me dejó sacar. Cuando volví mis tres compañeros de viaje habían decidido seguir avanzando hasta Tupiza, siguiendo el consejo de un taxista, a poco más de una hora de distancia. Así que ‘tira millas’. El camino por el que nos llevó el remix era de cabras, literalmente hablando, así que dimos unos cuantos botes. Yaiza tuvo un viaje bastante jodido, a ella no se le pasó el mal de altura como a mí y además el olor a la hoja de coca le provocaba más nauseas aún. Durante todo el trayecto llevamos una niña pequeña en el maletero que debía ser la hija del conductor. Todo valía en Bolivia.

En Tupiza

Tupiza es una ciudad turística algo más grande que Villazón, y allí encontramos un hostal internacional donde empezamos a experimentar lo que es el agua caliente para la gente boliviana. Desde luego no era lo que nosotros entendíamos por caliente. Pero las habitaciones no estaban mal. Al menos pudimos descansar de un largo viaje que había empezado a las 4 de la tarde del día anterior. Como la misma ciudad no tenía nada para ver decidimos hacer una excursión programada al día siguiente. Sé que sonará raro, pero la llegada a Bolivia tuvo un efecto extraño en mi pelo. Supongo que fue culpa del clima tan seco el que mi pelo se quedara chafado como si hubiera llevado puesto un casco de albañil todo el día. Era una putada, hablando mal, pero contra la naturaleza no se puede luchar. Un guía nos llevó en jeep por los alrededores de Tupiza, donde vimos básicamente cañones y montañas, muy bonitas y espectaculares, eso sí. Comimos en una zona desértica con montañas enormes delante, y probamos el tamal, una comida típica boliviana en forma de higo chumbo que está hecho de charque (una carne que comen mucho allí) y que picaba un poco. A nosotros no nos hizo mucha gracia y Yaiza incluso se deshizo de él de forma disimulada. Ángel, nuestro guía, nos lo ofreció con mucha ilusión, tampoco era plan de hacerle un feo, así que me comí dos. Luego nos subió hasta los 3.700 metros, donde podías sentirte muy alto y hacer fotos realmente bonitas. No creo que esté relacionado, o sí, no lo sé, pero cuanto más alto estás más libre te sientes, y en ese momento me sentí muy libre.  

Comiendo tamales con nuestro guía Angel

En la arena se puede leer la palabra 'mochileros'

 

Tampoco había mucho más que ver en Tupiza, así que al día siguiente partimos hacia Uyuni, nuestro siguiente destino. Ivonne amaneció enferma, con dolor de estómago y angustia. Y con muy pocas ganas de subirse en un autobús.  Y eso que aún no sabía la que se le venía encima. Normalmente, cuando ves el autobús en el que te vas montar, te haces una idea de cómo va ser tu viaje, y nosotros nos dimos cuenta que iba a ser largo. Y también que nuestras mochilas iban a pillar mucha tierra. El conductor estaba arriba del autobús colocándolas. Nos garantizó que si se lo pedíamos pararía en un lado del camino, porque Ivonne no se encontraba muy católica y no había baño, algo que iba a ser habitual en Bolivia. Así que como no había otra opción, todos para arriba. Desde luego fue el peor autobús que tuvimos en el viaje. Pero aún teníamos que dar gracias, había gente de pie en el pasillo, nosotros íbamos sentados. En cada parada que hacía el autobús se subían cholitas a vender comida y te aplastaban un poco. Las cholitas son mujeres típicas de Bolivia, generalmente muy gordas y ataviadas con ropas que les hacen abultar mucho más aún. Llevan una especie de falda con volantes, también llamada pollera, unos cuantos mantones con flecos de colores, y un bombín muy elegante. Muchas llevan flores en el pelo, que lo llevan recogido en trenzas, y suelen llevar cargadas a su espalda a sus críos pequeños envueltos en otro mantón que llevan enganchado. Había varias de ellas sentadas también en el pasillo. A nosotros nos ha extrañado durante todo el viaje la facilidad que tienen los conductores para llenar a tope los autobuses. Hay un overbooking permanente. Hay un vídeo muy bueno donde se me ve enfadado con las cholitas por aplastarme y golpearme con el trasero. Que conste que no tengo nada contra ellas. Pero reconozco que es un buen vídeo. Nos reímos mucho después cuando lo vimos.

Haciendo el tonto en Tupiza

 A 3.700 metros de altura

El autobús iba a través de las montañas, y lo que debería haber sido un viaje de 5 horas, acabó siendo de 7. Paramos a mitad de camino en un sitio que se llamaba Atocha, un poblado de chabolas situadas en lo alto de la montaña. Allí no había terminal, sino un descampado donde no había ni baño, así que tuvimos que vaciar la vejiga al aire libre. Pero aproveché para comprar unas ‘salchipapas’ (salchichas con papas) con kétchup riquísimas. El sitio no daba mucha confianza higiénicamente hablando, pero tenía demasiada hambre. Pasamos de ir por caminos estrechos con barrancos a ir por un desierto de arena con un paisaje lunar y un viento brutal, donde cada poco veíamos hombres tapados hasta arriba  y encapuchados que supongo que se encargarían del mantenimiento de las ‘carreteras’. Me recordaban a astronautas durante su paseo lunar. Y lo que no pensábamos que nos pasaría, nos pasó. El autobús se quedó atascado en una duna y nos tocó bajar a empujar junto con un grupo de argentinos que también iban de mochileros y un par de chicos más. El viento provocaba algo muy parecido a una tormenta de arena, que se te metía por todos lados, y a eso había que sumarle el tubo de escape, que expulsaba un aire negro directo hacia nuestras caras. Así que apenas podíamos abrir los ojos. Tras varios intentos logramos sacar el autobús. Un jeep que se paró a ayudarnos se quedó también cubierto de arena y tuvimos que ayudar a sacarlo. Yaiza e Ivonne se encargaron de grabar en vídeo la experiencia, de lo cual me arrepentiría a los pocos días cuando mi cámara de fotos se rompiera. Nunca saquéis la cámara durante una tormenta de arena.

Autobus que nos llevó de Tupiza a Uyuni

Desierto por el que íba el autobús hasta Uyuni

Llegamos a Uyuni contra todo pronóstico. Nos sentíamos realmente cansados, y a mí por lo menos la arena me hacía sentir bastante incómodo. No solo debía llevar un kilo de ella en el pelo, sino que la podía notar muy crujiente en los dientes. Así que después de concertar la excursión para el día siguiente al salar más grande del mundo, buscamos rápido un hostal donde darnos una ducha caliente, porque hacía un frio polar. Ni siquiera quise preguntar la temperatura, pero estaba claro que había llegado el momento de estrenar mis pololos. En el hostal al que fuimos Alberto y yo nos dijeron que el agua caliente se cerraba a las 18.00, y nosotros habíamos llegado a Uyuni pasadas las 17.30… Daba igual, llevábamos tanta mierda que estábamos dispuestos a una ducha helada a pesar del frio que hacía. Hacia tanto frio que no podía dejar de temblar. Menos mal que una mujer del hostal nos hizo el favor, y sin que se enterara la jefa nos encendió el agua caliente. Luego nos dimos cuenta que habríamos muerto congelados si nos hubiéramos duchado con agua fría. Nos acostamos pronto esa noche, como siempre, pero creo que esa vez incluso antes de lo normal. No serían ni las 22.00 horas. El día siguiente iba a ser duro y teníamos que madrugar mucho. Lo normal era que tardáramos dos minutos en dormirnos, pero recuerdo de esa noche antes de dormir las carcajadas de Alberto al ver el vídeo del autobús a Uyuni en el que me quejo de las cholitas vendedoras. Hago un poco el ridículo, es verdad, pero es que como Alberto se marea en los autobuses me tocó ir en el pasillo en todos los viajes, y claro… no es tan cómodo.

Alberto y yo empujando el autobús junto con más pasajeros

 
 
 

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Por fín llegamos a Posadas… y a la selva

Un viaje tan largo y con tantos destinos que visitar, como nosotros queríamos hacer, es evidentemente un privilegio, pero también tiene sus cosas malas, no vayáis a pensar que es todo un camino de rosas. Hay días que te los pasas enteros metido en un autobús, y a veces esos autobuses convierten tu viaje en una tortura china. Pero el colectivo en el que fuimos de Buenos Aires a Posadas no fue el caso. Nunca me había subido en un bus tan lujoso ni con tantas comodidades, y creo que el resto de mi expedición tampoco. Por delante nos esperaban 14 horas de carretera y 1006 kilómetros hasta llegar a la capital de Misiones (Posadas), y ese día ya llevábamos en el cuerpo 8 horas de asiento rígido, así que nos dimos el capricho del Bus-Cama total, 180 grados, con una azafata que te ofrecía cada dos por tres algo para tomar o comer. Teníamos una pantalla en el asiento de delante donde ponían películas entretenidas, como la última parte de ‘Los padres de ella’ o una de Denzel Washington sobre un tren que camina sin control. Hasta la cena fue más o menos comible. Nos trajeron champán de buenas noches antes de dormir. No me gusta el champán, pero por hacer la gracia brindamos y nos hicimos la foto.

En el autobús de lujo a Posadas

El trayecto se nos pasó en un abrir y cerrar de ojos, y en cuanto nos despertamos ya estábamos en Posadas. Se podía intuir por el paisaje húmedo y rojizo que Yaiza nos había descrito anteriormente. Si Buenos Aires nos recibió con un frío de cojones, Posadas nos acogió con una cortina de agua. ¡Qué forma de llover!. Es cierto que no nos ha llovido prácticamente ningún día en todo el viaje, pero ese día tuvimos agua para dar y vender.

Patio con barbacoa de mi casa de Posadas

Y al fin llegamos a mi nueva casa. Mi primera impresión no fue nada mala, la verdad. Ivonne no tuvo la misma impresión que yo, supongo porque la compararía con su casa de Alicante, y claro…, pero a mí me pareció un buen lugar para vivir. Según mis cuentas debe ser como la decimosegunda o decimotercera casa en la que vivo, imagino que es por eso que me adapto con facilidad a los nuevos sitios. El caso es que tiene lo básico para vivir y algún que otro defecto, subsanable de todos modos, como alguna gotera, algún armario roto, algún fuego que no funciona o un sofá duro como una roca… Pero tiene un patio con barbacoa, Yaiza dice que aquí lo llaman ‘quincho’. Yo nunca había tenido uno, así que solo por eso ya me vale. La de asados y barbacoas que vamos a hacer… Mi habitación son cuatro paredes con una ventana que da a un patio interior y un colchón que me regaló María tirado en el suelo. Un poco desangelada, es verdad, pero ya compraré algún mueble y le pediré a Victor, que es arquitecto, que me la decore y me haga una reordenación del espacio. Las medidas son 2×2’5 aproximadamente.

Salón de mi casa en Posadas

La ciudad no está nada mal. No estuvimos muchos días en Posadas, ni hemos visto muchas cosas, pero la sensación es que es una ciudad normal, con sus panaderías, sus supermercados, su plaza, su centro comercial… Posadas no parece que vaya a ser nombrada Patrimonio Cultural de la Humanidad, pero para vivir da más que de sobra. Aunque es verdad que aún no he visto casi nada. Igual me sorprendo.

Al segundo día Yaiza organizó una ‘choripaneada’ para que conociéramos a algunos de sus amigos argentinos. Una ‘choripaneada’ es una barbacoa de chorizos, para entendernos. Lo cierto es que es una palabra que a nosotros nos ha hecho mucha gracia, sobre todo a Alberto y a Ivonne, que no dejaron de utilizarla en todo el día. Esa palabra y ‘feriado’ son los dos términos de aquí que más juego han dado. Pero sin mala fe, por supuesto. Supongo que sobra decirlo, pero feriado es lo mismo que festivo en España. El caso es que compramos 50 chorizos y otros tantos panecillos. Fuimos unas 15 personas y luego vino más gente. La carne resultó estar bastante rica, gracias al chef Gabriel, todo hay que decirlo, que se encargó de la barbacoa. De él aprendimos Alberto y yo una nueva forma de hacer el fuego, más eficaz que la que nosotros habíamos intentado. Como el cocinero tardaba un poco llegar, intentamos sin mucho éxito la creación del fuego con leña. Fracasamos estrepitosamente. En cuanto Gabriel llegó nos hecho abajo nuestro trabajo para poner en marcha su sistema en forma de volcán utilizando tan solo papel de periódico y carbón. Mucho más rápido y efectivo, quedó demostrado.

Con el chef Gabriel preparando la choripaneada

Con el chef Gabriel preparando la choripaneada

La ‘choripaneada’ estuvo bien y pudimos ver a bastante gente. Conocimos a Leandro y a Nadia, otros dos buenos amigos de Yaiza, además de a mucha otra gente a los cuáles no me arriesgaré a nombrar. Lo que importa es que lo pasamos bien y tuvimos contacto con la gente argentina. Lo malo es que llevábamos mucho cansancio acumulado y no pudimos rematar la faena e ir al boliche, que es como llaman aquí a las discotecas. Ya habrá tiempo. La cosa se acabó a las 3 de la mañana, así que nos portamos bastante bien.

Choripaneada de bienvenida

Choripaneada de bienvenida

Teníamos muchas ganas de selva y de naturaleza. Así que al siguiente día nos fuimos a San Ignacio, un lugar situado a unos 60 kilómetros de Posadas. Se trata de un sitio turístico, con unas ruinas jesuíticas bastante interesantes. La pena es que las vimos un poco deprisa, pero pudimos hacer unas cuantas fotos antes de ir a la actividad que teníamos organizada en la selva de Teyú-Guaré. Un guía nos llevó en Jeep hasta la orilla del rio Paraná. En un principio pensábamos dar un paseo en barca, pero por razones ajenas a nosotros solo pudimos montar en kayak, aunque para mí que salimos ganando. Por lo menos hicimos brazos, eso sí. Alberto y yo íbamos en uno de los kayak y las dos hermanas en el otro. Sobra decir que acabamos envueltos en una guerra de tirarnos agua de una embarcación a la otra que se puso un poco tensa. Al final, todos calados hasta las orejas. Pero el paseo mereció la pena, de verdad. Argentina a una costa y Paraguay a la otra.

Ruinas jesuíticas de San Ignacio

Ruinas jesuíticas de San Ignacio

Encarnación es la ciudad de Paraguay que limita con Posadas, donde además se compra a un precio más barato. Está separada por un puente bastante moderno, y se puede ir de forma bastante fácil, así que fuimos una mañana en busca de alguna ganga. El problema de ir a Encarnación es cruzar la frontera. Bájate del bus para sellar salida y súbete otra vez entre decenas de personas a otro bus para volver a bajar a sellar la entrada a Paraguay….Vamos, un lío. Todo parecía ir bastante normal hasta que a la entrada a Encarnación le comunicaron a Yaiza una multa pendiente de no sé cuántos miles de guaraníes. Puede parecer muchísimo pero la moneda paraguaya, el guaraní, está muy por debajo del euro, así que la gracia eran unos 30 euros. La razón era no haber sellado la última vez que salió del país vecino. Un error de coordinación y de comunicación entre aduanas que acabó pagando ella. Lo que impresiona es la forma en la que funcionan algunos sitios de aquí. La policía paraguaya no tenía cambio justo e intentó redondear a su favor. Como si nos vieran cara de tontos…

Con el Paraná y Paraguay de fondo

Con el Paraná y Paraguay de fondo

En la antigua casa de un nazi tras la Segunda Guerra Mundial, en medio de la selva

En la antigua casa de un nazi tras la Segunda Guerra Mundial, en medio de la selva

Una vez que te centras en el objetivo para el que hemos ido, comprar, te das cuenta que hay lo mismo en cada puesto pero con diferente precio. Básicamente tecnología, ropa y souvenirs. Aquí entra en juego de forma irremediable el regateo, si aceptas el primer precio siempre te van a cobrar más caro. Y la mayoría de lo que hay, o una gran parte, es ‘trucho’, que es lo mismo que falso o pirata en España. Yo no estoy seguro de si compensa ir hasta Encarnación para comprar más barato, porque a veces puede salir caro. Como mis zapatillas, que me han durado tres semanas. De allí salimos sin ver nada más aparte de ese gran mercado. Tampoco parecía haber mucho.

Haciendo el Tarzán en la selva de Teyú Guaré

Haciendo el Tarzán en la selva de Teyú Guaré

Estuvimos dándole muchas vueltas a por dónde empezar el viaje, si por Asunción (Paraguay) y luego pasar a Bolivia, o ir directamente por el norte de Argentina hasta Salta. De hecho fuimos ya cargados con las mochilas hasta la parada de bus para ir de Encarnación a Asunción. Cuando el autobús llegó, tras media hora esperando, lo dejamos escapar. Al parecer se cambió de idea a última hora debido a que nos habían hablado muy mal del viaje hasta Santa Cruz y que no nos apetecía cruzar a Paraguay. Así que mientras nos caía otro aguacero fuimos para la terminal y conseguimos un billete para Salta, con suspense eso sí… Había solo tres y nos consiguieron una extra. Llenamos nuestras mochilas de comida y nos preparamos para 16 horas de viaje, o por lo menos pensaba que iba preparado…

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Canelones con Paraguay, Montevideo

Uno de los grandes amigos que dejamos en Alicante, Víctor, ya había estado en Latinoamérica hace un par de años, y su primer mes lo pasó junto a su primo en Buenos Aires, concretamente en el barrio de San Telmo, de donde según él, apenas salió algún día. Alberto y yo pensamos que debía de merecer la pena e hicimos una visita por la mañana, a ver que tal estaba. Lo cierto es que Victor solo debió  emplear su tiempo en Argentina en bares y en fiestas, porque nosotros no le encontramos ningún atractivo especial, seguramente porque no tuvimos la oportunidad de ver la Feria de San Telmo, que solo está los domingos, ni de visitar el ‘Bar del Alemán’, donde nuestro amigo se había pegado sus mayores….risas.

Monumento a Eva Perón (Evita)

 Después de ver otras zonas como La Recoleta (totalmente diferente al resto de la ciudad) o los bosques de Palermo, utilizamos el último día en Buenos Aires para ver Tigre, un pueblo turístico con encanto situado a una hora de distancia en tren de la capital argentina. Nos habían pintado muy bien el lugar, así que nos decepcionó un poco. Dimos un paseo en barco por el delta del Rio de La Plata que nos hizo sentirnos como ‘jubiletas’ de la tercera edad. Yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dormirme, mientras que Yaiza y su hermana Ivonne cayeron de forma irremediable. Las vistas no eran para nada despreciables pero supongo que el ruido del barco y el cansancio acumulado hicieron mella en nosotros. Allí además descubrimos que a orinar lo llaman ‘uno’ y a lo otro lo llaman ‘dos’, lo que nos hizo bastante gracia.

Imagen de Tigre

 

Imagen de Tigre

El ritmo que llevábamos era bastante fuerte, y la misma noche que volvimos de Tigre cogimos un autobús a Montevideo (Uruguay). Elegimos viajar de noche para ahorrarnos el alojamiento en un hostal. El colectivo, como así lo llaman aquí, era bastante cómodo, con asientos que se reclinaban casi por completo, de forma que no habría sido difícil dormir un poco si no hubiera sido por la policía argentina y sus ‘rigurosos’ controles aduaneros. La noche iba a ser movidita, aunque aún no lo sabíamos. Poco antes de llegar a la frontera, a los cuatro nos vino un olor a marihuana bastante fuerte e inequívoco. Yaiza ya nos había advertido de los exhaustivos registros durante sus viajes en bus y de la locura que significaba llevar algo de hierba en los trayectos. Al paso por la aduana, a eso de las 3 de la mañana, nos hicieron bajar del autobús para mostrar nuestro pasaporte, nada fuera de lo normal, si no hubiera sido porque a los cinco minutos nos volvieron a hacer bajar con todo nuestro equipaje para ser registrados dentro de las oficinas de la gendarmería argentina. Una nueva ráfaga de marihuana nos llegó procedente de alguna maleta. Teníamos muy claro que había droga en algún lugar del autobús pero no sabíamos de quién. Y si nosotros lo teníamos claro, la policía lo tenía que saber también. Después nuestra conclusión unánime fue que todo formaba parte de un ‘paripé’, y que nuestro registro, bastante ligero por cierto, era solo una excusa para tener a todo el pasaje fuera del bus y poder supuestamente ‘trapichear’ con el cargamento. Digo lo de supuestamente porque prefiero no pillarme los dedos, pero blanco y en botella….

 

A los dos kilómetros de pasar la frontera el autobús hizo una parada en una estación de servicio, pero no para repostar, sino para realizar la entrega de las ‘flores’ como llaman aquí a la marihuana. Resultó que las ‘flores’ eran de los conductores, que aprovechaban su viaje nocturno para sacarse un extra. Tras la rápida parada, los cuatro ‘mochileros’ escuchamos la conversación entre los dos conductores en la que hablaban supuestamente de los negocios con la policía para poder pasar el cargamento de un país a otro: “Antes se conformaban con menos, ahora se quedan el 30%…”.

En Montevideo

 

De ese viaje poco más hay que resaltar, excepto algo curioso que me pasó al principio del trayecto. Es verdad que la vida a veces te da lecciones, y esa noche tuve una algo graciosa, sobretodo para mis 3 compañeros de viaje. La misma tarde antes de partir hacia Montevideo, estuve hablando con Ivonne sobre su claustrofobia y le dije que no entendía muy bien a la gente que la padecía. Supongo que por hablar, me quedé encerrado un rato en el baño del bus que nos llevaba a Uruguay. Después de orinar me dí cuenta que la puerta no se abría, así que comencé a golpear la puerta a ver si alguien se daba cuenta. Nadie del pasaje se dignó a ayudarme, hasta que mis compañeros se percataron que algo me pasaba. La respuesta del conductor fue un simple: “Que quieres que haga…”, o algo así, según me contó luego Yaiza. Al rato conseguí salir, por supuesto, y aunque no fue agradable, por lo menos sirvió para que Alberto, Yaiza e Ivonne se echaran unas buenas risas a mi costa y para que yo me diera cuenta de lo que siente un claustrofóbico. Mi frase de auxilio: “¡¡¡Estoy aquí….¡¡¡¡” ha sido recordada más de una vez durante este viaje, pero ahora suena gracioso.

Buscando hostal en Montevideo

 

 En Montevideo estuvimos un par de días, con poco que resaltar, salvo que allí se me ocurrió el título de mi blog. Después de conseguir alojamiento en un hostal internacional, bastante apañado por cierto, preguntamos por los sitios que merecía la pena visitar, y una de las direcciones de la ciudad que nos indicó la chica de la recepción fue el cruce de la calle Canelones con Paraguay. No sé porqué pero el nombre me hizo muchísima gracia. Imagino que el cansancio esa mañana nos hizo desvariar un poco y reírnos de cosas absurdas a simple vista. El caso es que elegí ese nombre para mi blog, ya que tampoco quería comerme demasiado la cabeza con el título y por lo menos esa dirección me hizo reir un rato. La capital de Uruguay no es especialmente bonita ni tampoco fea. Es una ciudad grande más. Nos dimos un paseo por uno de los mercados más grandes de Latinoamérica, si no el que más, y también otro paseo por la costanera, donde nos impresionó la inmensidad del Río de La Plata. Yaiza tiene razón, después de ver los ríos de aquí, la concepción que uno tiene sobre ellos cambia radicalmente. Nos dio para hacer buenas fotos.

 En un mercado de Montevideo

Los dos días que estuvimos en Montevideo nos sirvieron para darnos cuenta de una cosa, y es que los uruguayos son una gente super amable. Las encargadas de nuestro hostal eran de los más simpáticas, y fueron varias las personas con las que nos cruzamos que nos demostraron su hospitalidad. Incluso en alguna ocasión nos advirtieron por la calle de llevar con más precaución la cámara de fotos ante posibles tirones. Aunque lo cierto es que nunca tuvimos ninguna sensación de peligro.

En la costanera de Montevideo

Rio de la Plata

 

 

Otra de las anécdotas fue protagonizada por Ivonne. No he hablado mucho de ella, pero es una chica que aparenta tener menos años de los que tiene (No voy a decir cuántos tiene por educación) y por decirlo de una manera suave, no está acostumbrada a vivir sin ciertas comodidades de las que un mochilero no suele disfrutar. De los cuatro integrantes del viaje es la única a la que no conocía, y la primera impresión que te da, es que es una chica ‘pija’, y seguramente lo sea. Es obvio que todo es relativo y que depende de con quien se compare. Si la comparo conmigo, se diría que es ‘pija’, pero si la comparo con Carmen Lomana, es una chica normal. Lo que es verdad, y Alberto y yo nos hemos dado cuenta con el paso de los días, es que es muy buena gente y que tiene un gran corazón además de tener un gran sentido del humor. Nos hemos reído mucho con ella. Es capaz de perder unas gafas Rayban en algún momento del viaje, comprarse otras casi idénticas a la mañana siguiente y encontrar otras gafas Raybane, parecidas, pero no las suyas, en la habitación del hostal de Montevideo. Ella dice que “no es pija, si acaso mala acostumbrada”.

La antigua puerta a la ciudadela (Montevideo)

De la capital de Uruguay teníamos que pasar de nuevo por Buenos Aires, de forma inevitable, para llegar a Posadas. Yaiza nos contó su ejemplo de que Buenos Aires es un pulpo por donde tienes que pasar sí o sí para ir a cualquier otra región del país. Los dos chicos y las dos chicas decidimos separarnos para el camino de vuelta, por motivos económicos. Ellas tomaron el Buquebus, que les dejaba en la capital argentina en unas cuatro horas aproximadamente, y nosotros optamos por la opción bus (bastante peor) para pasar la frontera. Confiábamos esta vez en un viaje sin sobresaltos, nada más lejos de la realidad. Ser europeo en Latinoamérica no te aporta muchas ventajas, a excepción de las económicas, y vaya si lo comprobamos. En la aduana la Policía argentina hizo bajar a cuatro personas del autobús, nosotros entre ellas. Tras pasar nuestras mochilas por el escáner y certificar mi insulino-dependencia, registraron nuestro equipaje de mano minuciosamente y nos hicieron un pequeño interrogatorio, primero por separado y luego al mismo tiempo. Hasta nos preguntaron por nuestra escala en Caracas, lo cual tuvieron que comprobar en su basa de datos, imagino. Debe ser que les extraña que un español fuera a estudiar a Misiones, ya que me preguntaron varias veces por eso. A mi por lo menos me dejó cierta bronca, que dirían los argentinos, pero se me pasó poco después cuando nos pusieron una peli de Hanna Montana. Desde luego no era una película muy apropiada para un colectivo en el que el más joven tenía 25 años, pero menos da una piedra, ¿no?. Lo que cuenta es que llegamos a tiempo para pillar el siguiente bus a Posadas con las chicas, un bus que no se olvidará facilmente.

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Primer contacto con Latinoamérica: Buenos Aires

Una semana puede parecer poco tiempo. Tan sólo siete días. Pero cuando estas de viaje en Latinoamérica con algunos de tus mejores amigos, siete días parecen un mes, sobretodo si continuamente te pasan cosas fuera de guión. Me presento, soy David, de Alicante, y después de estar un año entero deseando salir de ‘La millor terreta del món’, por fin lo he conseguido, gracias a una Beca de la Universidad. Los motivos de mi evasión son, además de los habituales (conocer mundo, nuevas culturas, nuevas gentes, viajar..) , otros que no procede explicar aquí, pero que fueron decisivos para poner en marcha el proceso de huida. Por delante, 6 meses viviendo en Posadas, capital de Misiones (Argentina) y estudiando en la Universidad Nacional de Misiones (UNAM). Una región situada al noreste del país, que tiene frontera con Brasil y con Paraguay. He de reconocer que hasta hace medio año no tenía ni idea de su existencia, ni la más mínima, pero las casualidades de la vida me han llevado hasta allí, o me están llevando mejor dicho, ya que en estos momentos escribo desde un autobús que tarda 14 horas en recorrer la distancia que separa la capital argentina de mi nuevo hogar.

Hace justo siete días, mi mejor amigo (Alberto, un tipo con un humor fuera de lo común) y yo partimos desde Madrid a Buenos Aires haciendo escala en Caracas (Venezuela). Un vuelo larguísimo que a punto estuvimos de perder si no hubiera sido por la nube de ceniza del volcán chileno que lleva un tiempo ya escupiendo fuego. Comprobad siempre antes de salir de casa la terminal desde la que sale vuestro vuelo, y no jugárosla a una al azar como hice yo, sobretodo si sale desde Barajas. Lo dicho, menos mal que nuestro vuelo se retrasó unas cinco horas. Confieso que hubo un momento en el que me vi sacando otro billete, más aún cuando con las prisas, mi mochila de mano, cargada hasta arriba, reventó de forma irreversible y las cremalleras salieron volando. A eso había que sumarle dos maletas de 23 kilos cada una. Me faltaban manos y me sobraban nervios.

El primer momento en el que me di cuenta de donde nos estábamos metiendo fue en el aeropuerto Simón Bolivar (Caracas). Después de un viaje de 9 horas te apetece fumarte un cigarro antes de montar de nuevo otras 7 horas en un avión. El problema es que era imposible acceder a un espacio al aire libre donde poder disfrutar unas caladas. Además la seguridad venezolana ya se había encargado de quitarme el mechero en el control de seguridad, supongo que para que no se me ocurriera hacer ninguna hoguera en medio del aeropuerto. La cosa estaba jodida, pero un fumador se las apaña como sea y así hice yo. Descubrí en mi mochila unas minicerillas de 1 cm aproximadamente de longitud que me regalaron de Viena (sabía que algún día me servirían), y me metí en los aseos para fumar un cigarrillo rápido y a escondidas. Pero no contaba con que en Sudamérica hay trabajadores en todos los baños públicos, no sé muy bien para qué. Así que le pregunté por algún rincón en todo el aeropuerto donde poder fumar. Su respuesta fue abrirme la puerta de un inodoro con un disimulo propio de una película de espías y pedirme ‘plata’. No le pude dar ‘plata’ porque todavía no me había dado tiempo a cambiar mis euros, así que me subí al siguiente avión sin poder fumar. Venezuela 1-David 0.

El recibimiento en Argentina fue más bien frio, pero no por nada, sino porque el termómetro marcaba dos grados bajo cero a las ocho de la mañana y el vapor salía de la boca como si estuviéramos fumando marihuana, obviamente no era así. Teníamos la dirección del hostal donde estaba alojada mi amiga Yaiza, que lleva estudiando en Posadas desde marzo, y con quien nos teníamos que juntar para empezar nuestro viaje “a lo mochilero”. Después de una conversación de besugos con las recepcionistas del Florida Suites, por fin conseguimos localizarla, o mejor dicho ella nos localizó a nosotros, en la puerta del hostal cargados hasta arriba de maletas. Después de 4 meses me hizo mucha ilusión verla. En realidad han sido muchos los ratos que nos hemos imaginado viviendo esta experiencia, solo que ella lo consiguió antes que yo.

El primer día en Buenos Aires fue agotador, supongo que por el Jet Lag (5 horas de diferencia), pero aun así conseguimos dar un paseo y tomarnos una cerveza en Puerto Madero con el Rio de la Plata y con un puente hecho por Calatrava a nuestras espaldas. Nos acompañó también María, una chica de la UMH que había estado estudiando en Posadas el primer semestre con Yaiza y que era su último día en el país, ya que se volvía a España. Lo que son las cosas, unos que llegan y otros que se van. Nos fuimos pronto a la cama, bastante hicimos ese día con mantenernos en pie. Lo mejor estaba por llegar.

Al siguiente día Alberto y yo decidimos ir a Caminito, en el barrio de La Boca, y de paso ver el estadio de Boca Juniors,  La Bombonera. El asado en Caminito estuvo muy bien, con recital en directo de tangos y boleros incluido, pero la visita al estadio de Boca Juniors fue el plato estrella del día, y me atrevería a decir que de lo que llevamos de viaje. Cualquier futbolero que se precie sabe lo que significa entrar en ese campo y pisar un césped que han pisado jugadores de la talla de Maradona o de Palermo por poner dos ejemplos que todo el mundo conocerá. La Bombonera, aunque esté vacía, hace que se te pongan los pelos de punta y que los ojos se te abran como platos para no perderte ni el más mínimo detalle. No miento si digo que nunca pensé entrar en ese estadio. Puede parecer exagerado pero se trata de uno de los campos más míticos e históricos del fútbol mundial, no solo por ser donde juega el mejor equipo de Argentina desde hace decenas de años, sino por sus características únicas y especiales. Se trata de un campo en el que a pesar de no parecerlo, caben 50.000 personas, debido a que en los fondos de las porterías no hay asientos y la gente está de pie, lo cual también lo hace más peligroso, por supuesto. Por la tele el ambiente en los partidos parece espectacular, así que en vivo debe ser una locura. Espero poder ver algún partido en directo en cuanto se reanude el campeonato argentino. De la visita al estadio se aprende que los fundadores del club fueron genoveses (xeneizes) y que en un principio sus colores no eran amarillo y azul, sino rayas negras y blancas, como la Juventus de Turín o el Newcastle, lo que pasa es que se jugaron y perdieron sus colores en un partido contra otro equipo de la ciudad que también tenía la misma camiseta. Los por entonces gerentes del club decidieron elegir sus colores actuales en función del primer barco que llegara al puerto, siendo este uno procedente de Suecia, con los colores azul y amarillo.

De La Bombonera salimos un poco tarde, ya oscureciendo. Nos habían advertido que en cuanto anochece, el barrio de La Boca se vacía y lo mejor es ahuecar el ala. Mientras buscábamos un autobús se me ocurrió pedirle fuego a un tipo, me arrepentí nada mas verle la cara. No dijo ni media palabra pero su cara me transmitió algo así como: “Tu que mierdas haces pidiéndome fuego chaval”. Conseguimos subirnos en un autobús que fue vacío y con las luces apagadas por lo menos durante 20 minutos. De repente empezó a llenarse de gente y como no veíamos apenas la calle nos pasamos nuestra parada unas cuantas cuadras, que es así como llaman aquí a las calles. Así que no tardamos ni dos días en perdernos. Menos mal que nos lo tomamos con humor y nos reímos de todo.

De vuelta en el hostal conocimos a Ivonne, la hermana de Yaiza y el cuarto integrante ‘mochilero’ de nuestra expedición. Su vuelo también había llegado con retraso y le habían perdido su maleta rosa, así que no empezaba con muy buen pie, aunque todo se arreglaría más tarde. El grupo de ‘mochileros’ ya estaba al completo. Por delante largos viajes en autobús, hostales más o menos decentes, ciudades más o menos bonitas y largas caminatas, pero sobretodo muchas risas y experiencias nuevas para todos nosotros. Uruguay, Brasil, Bolivia, Perú o Chile son los próximos destinos que nos esperan, aunque todo dependerá del tiempo que tengamos.

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